En el origen de la Fundación Pequeño Deseo se encuentra la experiencia norteamericana de un empresario vasco, Iñaki Orive. Él se inspiró en Make A Wish Foundation, una iniciativa similar al otro lado del Atlántico, para dar identidad a este proyecto, surgido en Madrid hace nueve años. «La idea partió de alguien sin vínculos con el mundo de la solidaridad, así que recabó el apoyo de compañeros de viaje acreditados», señala Cristina Cuadrado, actual directora de la organización. Además del asesoramiento de la Sociedad Española de Pediatría, su guía dentro del mundo de la enfermedad infantil, reciben el apoyo de Mensajeros de la Paz y Javier Urra, primer Defensor del Menor. Unos y otros forman parte hoy de su patronato.
Tras darse a conocer en los hospitales infantiles de la capital, iniciaron su trabajo. «Nuestros intermediarios en los centros dan prioridad a aquellos niños que están más bajos de ánimo», explica Cuadrado. La responsable recalca el respeto con que se acercan a cada caso. «Son momentos muy duros y sólo pretendemos apoyar», indica. «Siempre explicamos qué hacemos y solicitamos la aprobación de la familia para seguir adelante y también esperamos lo que sea necesario si así nos lo requiere el especialista».
Mil deseos cumplidos
Un calculado guión permite que el paciente revele sus fantasías. «Queremos alentar su imaginación para que los aleje de su dolor y sus problemas». A lo largo de este tiempo han satisfecho mil peticiones, aunque aseguran que siempre priman la calidad sobre la cantidad. Cuentan con delegaciones en Barcelona, Valencia y Pamplona -la más reciente-, y su meta es estar presentes en todas las comunidades autónomas para agilizar los contactos con sus usuarios. La Fundación se nutre de financiación privada. «Dado nuestro cometido, es difícil planificar y obtener recursos públicos», lamenta Cristina, y alude a su estrategia de llegar a empresas como Iberia o Renfe o a firmas hoteleras que pueda contribuir 'en especie'.
Algunos requerimientos son fáciles de llevar a cabo; otras se convierten en complejos retos. «Un niño de cinco años quería ir en tren hasta la mina a recoger a los enanitos de Blancanieves». Por supuesto, lo consiguieron. Abundan aquellos deseos relacionados con famosos del cine y el deporte, aunque Cuadrado quiere apartar cualquier proyección frívola de su trabajo. «Es un acercamiento entre un niño enfermo y una persona que lo ha ayudado, que tal vez ha cogido y pagado un avión para estar con él y conocerlo». También es un acicate para sus familias. «Para padres y madres con una fortaleza fuera de lo normal, porque son conscientes de que son el espejo en el que se reflejan sus hijos».
¿Y después, qué? «Preferimos que ellos decidan si quieren mantener el contacto», apunta Cuadrado. Recuerda el caso de Daniel, aquel chaval que recorrió las calles en el camión de bomberos y que volvió casi diez años después, ya convertido en un muchacho sano, para convertirse en socio de la entidad. «Fue una emoción muy especial», rememora. «Nos dijo que durante mucho tiempo, en los malos ratos, se había agarrado a aquel recuerdo tan fantástico».