El Alavés quedó ayer reducido a escombros después de uno de esos partidos que convierten el fútbol en suplicio y retratan a una escuadra albiazul que se desploma sin remedio aparente hacia la Segunda División B. Incapaz de superar a un Sevilla Atlético formado por un puñado de imberbes que ofrecieron todo tipo de facilidades, el cuadro vitoriano perpetró noventa minutos patéticos. En la Ciudad Deportiva del Sevilla se quedaron la mayor parte de sus posibilidades de reacción, que pasaban por cortar ante el filial andaluz una racha que ahora se extiende a seis partidos sin ganar. A partir de ahora y dadas las dos últimas comparecencias bochornosas a domicilio, sólo un cambio drástico en las diez últimas jornadas servirá para esquivar la sensación de que mantener la categoría es una auténtica quimera.
No fue un partido acorde a las exigencias que dicta el fútbol profesional. En primer lugar porque el escenario recordaba a cualquier choque de barrio. Se jugó en un descampado, sobre un césped duro y con mucho viento. Los dos contendientes, además, nunca mostraron los mínimos requeridos para disputar la Liga en Segunda División. Al Sevilla Atlético, que llegada de un escandaloso 8-0, se le vieron todas las carencias. El problema residió en que el Alavés, por segunda semana consecutiva, nunca dio la impresión de jugarse la vida. Sólo en los diez últimos minutos.
0-1 por inercia y error
El Alavés se adelantó en la primera parte, con el viento en contra. Fue la única acción precisa que quedó registrada en el partido. Cuevas controló un balón largo y situó un gran disparo cruzado fuera del alcance de Vargas. Por pura inercia el cuadro vitoriano consiguió ventaja en un duelo donde el balón volaba por el aire y se mantenía más tiempo fuera que dentro del césped. El Sevilla Atlético, que ofrecía una pésima impresión, no era peor que el cuadro alavesista. Ni mejor. El primer acto invitaba al bostezo.
Javi López había sorprendido con la repesca de Bernardo para la portería. Después de un claro bajón de Bonis en los últimos partidos llegó el enésimo cambio de guardameta. En un duelo sin excesivos problemas, el cancerbero cumplió. El resto de las modificaciones resultaron las esperadas. Con la entrada de Garro, Astudillo y Cuevas por Casar, Garitano y Moreno. La desgracia llegó para el central vitoriano. Después de que el Alavés perdiese la ocasión del 0-2, llegó el empate. Garro, que actuó como central en la izquierda, trató de despejar un balón con la derecha y no acertó a golpear la pelota. Del contragolpe consiguiente llegó el tanto de Fali.
En un duelo donde la única buena noticia fue la presencia de varias decenas de aficionados albiazules que, en un recinto semivacío presionaron lo suyo, el Alavés fue incapaz de reaccionar tras encajar el tanto del filial en el descuento de la primera mitad. Apenas le dio, con el viento a favor, para controlar la posesión del balón y volver a mostrar sus penurias ofensivas. En el caso de Javi Guerra, con acciones donde llegó a la desidia.
Diez minutos de presión
Diez minutos, los últimos, se pudieron rescatar de la actuación albiazul si se opta por la condescendencia con el Alavés. Aunque de aquel equipo que dio un giro notable tras la llegada de Javi López al banquillo apenas queda el rastro. Una vez más, el cuadro vitoriano volvió a la imagen de otras fases ligueras. Ese equipo que concedió un gol en un error y cuyas prestaciones ofensivas resultan muy pobres. La impresión es que el cuadro alavesista agotó sus recursos en una salva de partidos donde los condicionantes externos le impidieron acumular puntos en su casillero. Ahora, la sensación que transmite es la de un equipo al que ni siquiera le da para pelear por las victorias. Ayer lo hizo al final, otra vez con sólo dos cambios, Igor y De Marcos, y tardíos, pero ante un adversario que nada tiene que ver con el resto de la categoría.
Y quedan por delante diez jornadas para apelar a lo que se quiera. Tan claro es que existen puntos por delante como que en las condiciones actuales pensar en la permanencia resulta quimérico. El Alavés se ha metido en un agujero negro que poco a poco le engulle hacia lo desconocido.