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Cultura

12.04.09 -

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El ministerio del cine
González-Sinde promete su cargo en su toma de posesión como ministra de Cultura . / EFE
Ha nacido el Ministerio del Cine, fruto del amor entre el Gobierno, los productores y los artistas, con el pan del proteccionismo y las subvenciones debajo del brazo.
Incluso, ya puestos, hasta se podría haber nombrado ministro a Pedro Almodóvar y subsecretario a Pedro Pérez, el presidente de la Federación de Asociaciones de Productores Audiovisuales de España (FAPAE), con lo cual el antiguo departamento de Cultura pasaría a llamarse el 'Ministerio de los Pedros'. Un auténtico Ministerio del Cine, en todo caso, al que ahora se incorpora Ángeles González-Sinde, nuestra particular Melina Mercouri, cuya primera obligación será demostrar que ni su procedencia determinará una excesiva concentración en los temas cinematográficos, ni que su alineamiento con las tesis de los productores y la SGAE va a ir en detrimento de las televisiones y los internautas. Además, está por ver si su primer nombramiento para dirigir el Instituto de la Cinematografía y las Artes Audiovisuales (ICAA) recae en alguien próximo a la FAPAE, auténtica prueba del algodón para determinar el nuevo rumbo del Ministerio de Cultura. Un ministerio, de todas formas, que ni antes ni después ha tenido suficiente peso político en los gobiernos de España, al ser la cultura tanto una materia transferida a las autonomías, como una cuestión de menor rango. Prueba de ello es, sin duda, que para la responsabilidad de su gestión se nombre ahora a alguien que ni tiene peso político, ni experiencia o perfil gestor suficiente. Más claro agua, sí, por mucho que a González-Sinde se le otorgue el beneficio de la duda o los noventa días de gracia.
LIBROS
Libertina Peggy
De Peggy Guggenheim lo sabíamos todo. O mejor dicho, casi todo. De hecho, las distintas biografías aparecidas hasta la fecha nos han contado su permanente pasión por el arte, su matrimonio con Max Ernst y sus relaciones de todo tipo con personajes como Beckett, Braque, Duchamp o Pollock. Una fina e inteligente coleccionista, sin embargo, de la que no conocíamos todas sus facetas más oscuras. Porque la dama de las gafas enormes, los anillos surrealistas y el móvil de Calder sobre la cama era también excesiva. Excesiva, excéntrica, sadomasoquista, bisexual y hasta ninfómana, según la nueva biografía escrita por Véronique Chalmet, que acaba de publicarse en Francia ('Peggy Guggenheim, un fantasma de la eternidad'. Ed. Payot). Una retrato ciertamente distinto de los dibujados hasta la fecha en las biografías de Mary V. Dearborn o Anton Gill, autores más atentos a las vinculaciones artísticas e intelectuales de Peggy Guggenheim. En el caso de la autora francesa, su biografía destaca sin reparos el lado más oscuro de la millonaria. Así, mientras que por un lado relata su participación en las orgías de los felices años 20, por otro considera que después de la guerra sólo tenía dos ideas en la cabeza: Satisfacer su líbido bisexual y ocuparse de su museo en Venecia. Una ciudad, según Véronique Chalmet, en cuyos cenáculos se le consideraba una ninfómana decadente. Y en cuanto a los chismes de sus amores, una frase resume con inteligencia su 'amor loco' con Samuel Beckett: «Ella estuvo enamorada trece meses, pero él solo diez minutos».
CONSUMO CULTURAL
Valor refugio
No está nada mal que la cultura se convierta en valor refugio frente a la crisis. Un valor refugio como alternativa de gasto para el consumo doméstico. Está pasando con el cine, el teatro y los libros. En el cine, claro, su relación precio-espectáculo constituye en esta recesión una alternativa imbatible para el consumo cultural de hora y media o dos horas, lo cual hace que las taquillas de medio mundo reflejen el aumento de espectadores o, incluso, el notable crecimiento de los ingresos durante este primer trimestre del año. En cuanto al teatro, lo sorprendente no sólo es su pervivencia en un contexto de durísima competencia entre la oferta cultural, sino muy especialmente la mejora de ingresos, espectadores y beneficios. Una sorpresa, insisto, cuya explicación tendremos que encontrarla en el esfuerzo realizado sobre la política de precios por muchos empresarios, en una elección de títulos que combina con acierto la comercialidad y el protagonismo de ciertos actores, en el auge de los musicales y en las nuevas formas de comunicar el teatro. Por lo que se refiere a los libros, su condición de valor refugio también tiene sus razones. La primera se refiere al hecho de que su formato físico sigue teniendo un valor material, frente a la cultura digital y virtual. Además, la diversidad de la oferta, los precios y la relación valor-tiempo de lectura son igualmente virtudes incontestables en épocas de ajuste y ahorro. Unas épocas ciertamente difíciles, en las que los bienes y productos culturales podrían resultar beneficiados. Y sólo por la propia sociología del consumo. Es decir, sin ayudas ni subvenciones públicas.
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