os actores de la política vasca van tomando posiciones con la lentitud y la cautela de quienes no se sienten seguros de qué papel les convendría representar durante los cuatro próximos años. Inclinados todos ellos a navegar entre dos aguas, cada cual espera, como es tan habitual en política, que sean los demás quienes con su actitud les resuelvan las dudas sobre qué hacer y cómo. El PSE-EE desearía ocupar una cierta centralidad que le permitiera atravesar la legislatura operando con máxima libertad. Pero el marcaje inicial que le están aplicando el PP con su apoyo condicionado o la vigilancia anunciada desde Madrid, y el PNV con el anuncio de una oposición implacable, estrecha tanto su campo de acción que podría obligar a los socialistas a salir de la encrucijada optando por aventurarse en alguna de las dos aguas.
El PP será quien convierta la gobernación de Euskadi en una excepción que se hará llamativa en cada momento que arrecien las tensiones entre Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy. Ello conduce a la organización de Basagoiti a una singladura no exenta de contradicciones y ambivalencias entre el compromiso constitucionalista y su deber de propiciar el debilitamiento del proyecto socialista que podrían volverse difíciles de sostener. El PNV, que desde Álava ha lanzado un desafío a los socios del cambio, no debe estar tan convencido de lo que le interesa hacer como parecen mostrar sus manifestaciones más rotundas. La indignación militante ante la osadía socialista corre el riesgo de distanciar la actitud jeltzale del sentir de unas bases sociales que han visto precisamente en la radicalización del partido la causa del revés político sufrido el pasado 1 de marzo y, sobre todo, la razón de su falta de credibilidad a la hora de intentar un acercamiento de última hora con los socialistas.
A Patxi López le gustaría que fuese el PNV quien con su actitud le facilitase la definición de la estrategia a llevar adelante una vez se aloje en Ajuria Enea. Pero es probable que ni siquiera la clarificación de la política jeltzale le permita eludir sus propias decisiones. El discurso del cambio corre el riesgo de agotarse con su toma de posesión como lehendakari; a no ser que la sociedad vasca pueda visualizar de inmediato alguna novedad más tangible que la sustitución de los nacionalistas por los socialistas. Éste es el primer reto del socialismo vasco en medio de las dificultades que se derivan de la crisis, y con el escepticismo que espera a la prometida revitalización del Gobierno de Rodríguez Zapatero. Los elogios a López por parte de quienes hace siete años consideraron deplorable que relevara a Redondo Terreros al frente del PSE-EE parecen más sujetos a lo que el nuevo lehendakari esté dispuesto a quitar en la Euskadi que hereda que a lo que sea capaz de poner desde el gobierno de la autonomía. Es el segundo de los retos a que se enfrentan los socialistas vascos en sus relaciones con el PP, sobre todo si el desafío del PNV se mantiene: el de su propia independencia de criterio, aunque en buena lógica éste deba someterse al contraste con el parecer de su socio preferente.
La versión peneuvista de que, a través de la amenaza que pende sobre el gobierno de la Diputación alavesa y del Ayuntamiento de Getxo, los socialistas quieren convertirles en rehenes de una eventual moción de censura no puede responder, necesariamente, a un cálculo político prefijado. Es probable que haya sido la consecuencia de un estado de ánimo soliviantado por el acuerdo entre socialistas y populares al que, curiosamente, los jeltzales favorecieron dándole carta de naturaleza durante la campaña al denunciar insistentemente que ya se había gestado. Pues bien, aquello que Ibarretxe advertía de que iba a ocurrir se ha cumplido. De igual modo, de tanto mentar la bicha de las mociones de censura, los nacionalistas podrían convertir en probable lo que hasta ayer mismo parecía prácticamente imposible.
Es sabido que las mociones de censura las carga siempre el diablo; y más a año y medio vista de las elecciones locales y forales. Los socialistas no están interesados en arrebatar a Xabier Aguirre el puesto que ellos mismos le brindaron aun siendo el PNV la tercera fuerza de las Juntas alavesas; y los beneficios que pudiera reportarles la alcaldía de Getxo serían con toda seguridad menos que los perjuicios electorales que les acarrearía. Pero en esto, como en todo lo demás, el nacionalismo puede convertirse en el mejor propagandista del pacto por el cambio. La utilización del Gobierno en funciones como avanzadilla verbal de lo que correspondería manifestar a un grupo parlamentario en la oposición y la interpretación extensiva y obstinada que está realizando de sus atribuciones interinas contribuyen a ello.
L