El presidente del Gobierno y sus ministros tendrán que conformarse con ver las procesiones por televisión y comerse las torrijas en Madrid. Se quedan sin vacaciones de Semana Santa y trabajarán en sus despachos, que no están los tiempos para abandonarse a la molicie ni al ocio. La crisis está en casa, ha venido para quedarse y hay que buscar la manera de echarla; así que de campo y playa, nada. «Estos cuatro días vamos a trabajar», sobre todo los nuevos, ya que no hay «la presión del despacho, ni del día a día», explicó la vicepresidenta y cabo furriel de la tropa gubernamental.
Teresa Fernández de La Vega, en su afán por convencer de que la remodelación del Ejecutivo no supone un paréntesis laboral, aseguró después del Consejo de Ministros que los vicepresidentes y ministros entrantes son tan competentes que trabajan ya a «pleno rendimiento», pese a que casi ni habían pisado el despacho entre tomas de posesión, las tres fotos de familia y la primera sesión de Consejo de Ministros.
El nuevo Gobierno de Zapatero afronta su particular semana de pasión con esta inédita decisión de quedarse sin vacaciones. Bernat Soria, uno de los ministros salientes, recurrió al símil de las procesiones para dar la bienvenida a su sucesora al frente de Sanidad, Trinidad Jiménez. Aunque la emotiva toma de posesión podría parecer «una entrada en Jerusalén», como la que hizo Jesús, también como él tendrá al día siguiente «un lunes de pasión». Y después una «larga tortura» que acabará, tarde o temprano, con su 'muerte política'. Pese a la seriedad del consejo de Soria, fue un día de sonrisas y abrazos.
El maratón empezó a las nueve de la mañana con el traspaso de poderes de Pedro Solbes a la nueva vicepresidenta segunda y ministra de Economía y Hacienda, Elena Salgado. Se notó que es una de las estrellas de la crisis por la concentración de altos cargos que se dieron cita en la sede del ministerio. Hasta siete ministros, además de la vicepresidenta primera, acudieron al relevo, quizás más emotivo por la entrañable figura del personaje saliente, que logró que su afabilidad se haya sobrepuesto a los marmóreos soliloquios a media voz con que castigaba para explicar sus políticas.
Solbes fue ayer al grano y pidió perdón por sus errores. Lo cierto es que los opositores que le denostaron en su primera etapa, entre ellos su sucesor Rodrigo Rato, terminaron por reconocer sus aciertos. Habrá que esperar para ver si quienes ahora le culpan del paro y de la crisis acaban echándole de menos.
En su discurso de despedida, el vicepresidente admitió tener «sentimientos encontrados». Por un lado, le asaltaba la «satisfacción por el deber cumplido» en sus últimos cinco años al frente de Economía y Hacienda. Por otro tenía sensación de «pesar» por «los errores que sin duda he cometido y los que no he sido capaz de evitar». Se marchó «razonablemente satisfecho» porque «he intentado hacer lo que me parecía más correcto en cada momento» con la mente puesta en los problemas inmediatos, pero también en las «generaciones futuras». Cumplirá 67 años en agosto, 41 de ellos dedicados a la Administración.
Media hora después fue el turno del rector Ángel Gabilondo, que recibió la cartera de Educación de manos de Mercedes Cabrera. Lo de ser una figura académica alejada de los cenáculos políticos se notó en la escasa afluencia de ministros. Además de la omnipresente Fernández de la Vega, sólo dos miembros del Gobierno se dejaron caer.
Animada
Más animada estuvo la transmisión de poderes entre Bernat Soria y Trinidad Jiménez. 'Trini' es una figura muy popular en el Gobierno y el PSOE. Hasta ocho ministros apadrinaron su inevitable entrada en el Gobierno, con una bienvenida especialmente intensa brindada por Alfredo Pérez Rubalcaba en mitad de las escalinatas.
Soria, contra pronóstico, se llevó el protagonismo. Hablador y chistoso, olvidó su perfil de científico para sacar su vis más dicharachera. Estaba a gusto siendo un 'ex' y confesó que por primera vez en dos años apagó el móvil el martes.
La farándula llegó de la mano de la cineasta Ángeles González Sinde, que cumplía 44 años y lucía un vestido de Devota y Lomba. Recibió los trastos de Cultura de un aún sorprendido Cesar Antonio Molina. Fue jaleada por actrices, productores, y directores. El 'lobby' del cine, que dirían los mal pensados, a ver qué pesca. Eso sí, su escaso pedigrí político y socialista congregó a sólo cuatro ministros, tres mujeres y un hombre. Con ella estuvieron su pareja y sus dos hijas.
Nada que ver con la concentración de altos cargos que arroparon a Chaves: las dos vicepresidentas y siete ministros. No en vano es el presidente del PSOE y el último 'barón' socialista que puede dar puñetazos en la mesa, aunque no sea su estilo. Chaves hizo de hijo pródigo que regresa a la Administración central tras 19 años de 'erasmus' en la Junta de Andalucía. Ahora, a sus 64 años, asciende a vicepresidente, aunque sea tercero, y, como quien no quiere la cosa, se escabulle del 'pandemonium' que se avecina en el socialismo andaluz con su salida. Por un error en la rotulación Chaves, todo un vicepresidente tercero y ministro de Cooperación Territorial se tuvo que conformar con la cartera de Administraciones Públicas.
La toma de posesión de José Blanco aglutinó a los empresarios de la obra pública. Allí, en el Ministerio de Fomento, se pudo ver a Florentino Pérez, silencioso presidente 'in pectore' del Real Madrid además de patrono de ACS, así como a los grandes empresarios del ramo. De la misma manera que el ministro de Fomento atrae a los cazadores de infraestructuras, haber sido el secretario de Organización del PSOE durante ocho años y uno vicesecretario general también tiene su público. Nada menos que dos vicepresidentes, doce ministros y cuatro presidentes autonómicos arroparon al nuevo titular de las obras públicas. Sólo faltó Zapatero. Tal despliegue hizo que las inusuales lágrimas de Magdalena Álvarez pasaran casi inadvertidas.
Pero no pudo evitar emocionarse en una despedida que, confesó, le llega en un momento «adecuado». La sorpresa llegó cuando vio entre el público a Esperanza Aguirre, invitada por Blanco al acto de posesión. Siempre cuestionada por su fuerte carácter, 'Maleni' no perdió el gesto al cruzar su mirada con la de la presidenta de Madrid, su peor enemiga. Saltaron chispas, pese a la compostura.