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La explicación menos convincente del cambio es la que dio ayer el propio presidente

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La excusa de la crisis
Sumada al relevo forzado del ministro de Justicia, Mariano Fernández Bermejo, la remodelación del Gobierno que ayer presentó en público el presidente Zapatero se ha llevado por delante a un tercio del Ejecutivo que él mismo nombró hace menos de un año. Ha trastocado además, mediante la creación de una tercera vicepresidencia y la reasignación de importantes áreas entre ministerios -universidades, acción social, función pública, cooperación autonómica y deportes-; una estructura gubernamental que, en su momento, se nos dijo ser la más adecuada para los nuevos tiempos y estar dirigida por las personas más competentes. El hecho es insólito. No suelen durar tan poco los gobiernos recién salidos de las urnas. Por ello, si se quiere evitar la sospecha de que nos encontramos ante una rectificación en toda regla de los propósitos iniciales, habrá que buscarle a tan temprana y profunda crisis gubernamental alguna razón poderosa que la explique.
La que parece menos convincente de todas es la que ayer se esforzó en dar el mismo presidente. Durante una hora exacta, entre intervención propia y respuestas a preguntas de los periodistas, Zapatero no hizo otra cosa que vincular la particular crisis que él acababa de anunciar con la general que a todos nos abruma. Al retocar de una manera tan drástica y temprana la estructura del Gobierno y su composición personal, se trataría de dar la respuesta más idónea a una crisis económico-financiera que se ha revelado más profunda y pertinaz de lo que habría podido temerse. Pues bien, vistos los cambios que se han producido, uno no acaba de ver qué relación guarda la crisis grande con la pequeña. Por decirlo con un ejemplo, que podría personalizarse en todos y cada uno de los casos si no fuera por no caer en valoraciones demasiado impertinentes, no parece muy creíble que la manifiesta desgana del anterior vicepresidente segundo del Gobierno y ministro de Economía, Pedro Solbes, vaya a ser mejorada en eficacia con la impávida rigidez de que ha dado sobradas muestras, en su larga y variada carrera pública, la llamada a ser su sustituta, Elena Salgado. En este caso concreto, aparte de en competencia, se pierde sin duda en bonhomía.
Y, sin embargo, todo es un error de interpretación. Si se analizan en detalle las palabras que ayer pronunció Rodríguez Zapatero, se concluye que la crisis a la que se refiere el presidente no es la misma que los economistas describen y los ciudadanos de a pie percibimos. El presidente habló ayer de la crisis como si fuera un hecho superado. Al parecer, la tardanza en reconocer su origen se le ha convertido en prisa por certificar su final. En tal sentido, el nuevo Gobierno no habría sido diseñado tanto para hacer frente a la crisis que todavía sufrimos cuanto para recuperarnos con brío y cuanto antes de la que ya habría quedado en el pasado. Hasta tal punto que, en una de sus respuestas, el presidente dio claramente a entender que la nueva ministra de Economía no habría sido nombrada para implantar medidas económicas y financieras innovadoras. Su misión sería, simple y llanamente, la de activar con eficacia las ya adoptadas. Ésta sería, según dijo, su especialidad.
El presidente Zapatero se definió en su día como un optimista antropológico. En esto de la crisis económica está mostrándose, más bien, como un fatalista, si es que algo distingue al segundo del primero. La crisis parece ser para él un fenómeno de la naturaleza que se irá como vino. Su origen fue mundial, y al mundo le tocará, por tanto, resolverla. De ahí la insistencia con que se empleó ayer en sus componentes internacionales. En cuanto a España, él sólo piensa en el día después, que ya estaría, además, al alcance de la mano. Para finales de año ha fijado él mismo su comienzo. La crisis que ha hecho de su Gobierno es un signo de esta mentalidad entre fatalista y optimista. Tardó el presidente en reconocer la llegada de la crisis y ahora se precipita en anunciar su marcha definitiva. Y quiere, además, que quienes le acompañen en el Gobierno compartan y transmitan su propia visión de las cosas. A Solbes, por ejemplo, se le veía ya en la cara que no la compartía. Probablemente, nunca lo hizo.
En cualquier caso, el nuevo Gobierno será, sin duda, más compacto y, como suele decirse, más político. No en vano se ha incorporado a él la cúpula del partido. La duda es si esa mayor fortaleza va a servir para abordar, con más determinación, los problemas reales que tiene planteados la sociedad española o va a traducirse en un mero enroque desesperado que movilice, no ya la torre, sino todas las piezas del tablero para asegurar la integridad del líder. Un movimiento siempre arriesgado.
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