E l Gobierno surgido de la remodelación anunciada ayer por el presidente José Luis Rodríguez Zapatero gana en peso político y, probablemente, en disposición activa; aunque deberán ser sus actos los que demuestren que la nueva fórmula ideada por el presidente es más eficaz que la precedente. Los cambios introducidos en el Ejecutivo han sido la ineludible respuesta que Rodríguez Zapatero no podía posponer por más tiempo ante la erosión que venía sufriendo su Gabinete y ante la demanda ciudadana de una mayor iniciativa pública frente a la crisis y sus graves consecuencias. Cambios que, desde un interés puramente partidista, el presidente tampoco podía postergar ante la proximidad de las elecciones europeas, tras el revés sufrido en las pasadas autonómicas gallegas. La publicación ayer mismo de los resultados de una encuesta de intención de voto para el Parlamento de Estrasburgo claramente desfavorables para el PSOE demuestra hasta qué punto la remodelación del Gobierno coincide con una preocupante situación para el futuro del proyecto socialista.
La salida más destacable es sin duda la del vicepresidente económico Pedro Solbes, cuyo declive político no ha hecho justicia a una larga trayectoria al frente de la economía española y de la europea, y que forma ya parte de la historia en la gestión de las cuentas públicas. La llegada de Manuel Chaves, José Blanco y Trinidad Jiménez representa, por su parte, un modelo de identificación entre la dirección del partido y el Gobierno del que Rodríguez Zapatero pareció huir desde su llegada a La Moncloa en 2004. La devolución de la Universidad a la cartera de Educación y el emparejamiento de los Asuntos Sociales con la Sanidad suponen una rectificación respecto a la contestada organización del Gobierno a la que el presidente procedió tras las elecciones de 2008. Aunque la sustitución de César Antonio Molina y de Bernat Soria quede en el ambiente como algo innecesario, si se comparan las carencias de su gestión con las de otros y otras titulares que permanecen en sus puestos.
Responder a la crisis
La gran duda que la remodelación deja en el aire es si los cambios contribuirán a que España responda mejor a la crisis y se prepare en condiciones para el momento de la recuperación. Rodríguez Zapatero cifró ayer en estos dos objetivos la razón última de la renovación de su Gobierno. Es más, su proverbial voluntarismo le llevó a presentar el momento en que los españoles podamos dejar atrás la crisis como algo que dependería de la composición del Ejecutivo central, en contraste con su reiterada interpretación de la recesión económica como consecuencia ineludible de una debacle global para cuyo término no tendríamos nada que hacer. La explicación parece tan forzada como la conclusión de que el nuevo organigrama gubernamental contribuirá a situar a la economía española en condiciones óptimas para dar inicio al crecimiento.
Sacudirse la indolencia
España necesitaba de manera apremiante que el Gobierno se sacudiera esa mezcla de autosatisfacción, indolencia e inseguridad que venía atenazando la acción del Ejecutivo y, sobre todo, la proyección pública de su entereza en situaciones tan exigentes. De manera que es obligado recibir la noticia de la remodelación gubernamental con la esperanza de que contribuya a reactivar el país en su conjunto; que revitalice la vida parlamentaria, que abra expectativas para una pronta respuesta a las necesidades económicas y sociales, y que allane el camino hacia un futuro inmediato en el que el optimismo cobre sentido.
Pero ello dependerá del sesgo más o menos partidista que los cambios en el Gobierno impriman a su actuación en adelante. Si, con la remodelación de su Ejecutivo, Rodríguez Zapatero trata simplemente de obtener una ventaja relativa respecto al primer partido de la oposición, fijando su mirada en el desafío que representan los comicios al Parlamento europeo, es probable que los efectos positivos de los cambios introducidos se diluyan en la disputa electoral que comenzará a hacerse patente tras la Semana Santa. Dicho propósito sería legítimo, pero se volvería ajeno a las inquietudes y aspiraciones de los españoles, prolongando el distanciamiento que en épocas de crisis tiende a agudizarse entre la sociedad y los responsables máximos de las instituciones.
Mayor audacia
Es probable que el nuevo Gobierno pueda disponer de unas pocas semanas para justificar la remodelación y mostrar que responde a las razones de fondo expuestas por el presidente en su comparecencia de ayer. Sin embargo, los retos a los que se refirió Rodríguez Zapatero precisan de una acción gubernamental capaz de sorprender por su audacia y originalidad a los agentes económicos y sociales; capaz de demostrar que la nueva distribución de atribuciones en el seno del Gobierno resulta más eficaz y eficiente que la anterior. Una apuesta de la que el nuevo Ejecutivo, quiera o no, deberá examinarse en breve plazo, sometiéndose a un dictamen político y social que esta vez no podrá eludir José Luis Rodríguez Zapatero.