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O bama gestiona la derrota. El gesto de su visita a Irak para encontrarse con sus soldados bien vale una misa. No ha querido que su regreso a casa se produzca como en la guerra de Vietnam, por la puerta de atrás. Bush era otra cosa, sus arrumacos eran tan artificiales como sus victorias, o el pavo de plástico con el que celebró con las tropas el día de Acción de Gracias. A la nueva Administración le toca la tarea más ingrata después del botellón, recoger la basura. Y entre los desperdicios se encuentra gran parte de los soldados que Bush envió a 50.000 kilómetros de casa; años dando vueltas a la noria para no extraer una sola gota de petróleo.
Tampoco en esta ocasión habrá confetis en la Quinta Avenida. En realidad, hace tan sólo unas horas que se les permite volver en su condición de cadáveres. Obama acaba de permitir a los medios divulgar imágenes con la llegada de sus féretros, reconociendo el lado oscuro de la guerra. El viaje estaría en línea con esta actitud obsequiosa, al admitir que puede existir el rostro digno en la derrota hasta en el cumplimiento de órdenes manifiestamente injustas. Y es que los únicos que no han sufrido allí, a excepción de Bush, que nunca pidió perdón por sus desatinos, son los aviones espía no tripulados. No olvidaré la reflexión de Carmen Rivera cuando alguien aludió a la lenidad de las mentiras de la guerra: «Que se lo pregunten a los muertos». Desde entonces, echo de menos en estas visitas propagandísticas que no incluyan un cementerio civil. Obama es el comandante en jefe y el que decide la retirada. Mientras que Bush hubiese insistido en la perpetuación de la victoria hasta el día de la resurrección de los muertos. Sin caer en cuenta de que tampoco ellos iban a mostrarse precisamente contentos.
De Irak habrá que recoger también las basuras humanas de ambos bandos y proceder a su reciclado. Preguntado un historiador ruso por los efectos de la guerra contra los nazis, contestó que la destrucción fue enorme, pero la desaparición de sus jóvenes retrasó la recuperación del país en más de un lustro. Es lo que ahora le toca a Irak, esperar una generación para pasar lista y poner de nuevo al país en pie. Eso también les tocará a las familias americanas que han perdido el hijo que ahora se les reconoce entre los muertos. Aunque a diferencia de lo que sucediera en la Segunda Guerra Mundial, lo terrible vaya a ser la respuesta: que su sacrificio no ha servido para nada.
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