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El centro recupera la «normalidad» tras lavuelta de los ancianos,que lo dejaron porque la institución foral dejó de concertar las plazas

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La Clínica Álava retoma el pulso
El edificio cuenta con talleres, capilla y salas de lectura, entre otros rincones. / R. GUTIÉRREZ
Los armarios de las habitaciones ubicadas en la segunda planta de la Clínica Álava se encuentran de nuevo repletos. Llenos de ropas y de recuerdos de toda una vida. «Hemos vuelto a cierta normalidad», asegura Mariano San Vicente, director médico de un centro que ha recuperado la calma tras un año 2008 muy agitado.
Su tranquilidad quedó alterada en junio, cuando 63 ancianos que residían en la planta contratada por el Instituto Foral de Bienestar Social tuvieron que abandonarlo. Su marcha se produjo porque la Diputación dejó de concertar esas plazas hasta que los responsables del centro no acometieran obras de mejora. Los mayores fueron repartidos entre residencias de Vitoria, Salvatierra, Amurrio, Llodio y Oion.
A Angelito le tocó la de Ariznabarra y aunque allí se encontraba a gusto, «me faltaba algo», reconoce. Tras cuatro años en la Clínica Álava, echaba de menos a sus compañeros, a los «amigos médicos», e incluso a los vecinos de la zona. «Me conoce mucha gente porque todos los días voy andando hasta Armentia. Hoy, por ejemplo, unos se iban de vacaciones de Semana Santa y me han escrito una carta», explica con la nota entre las manos. Gema Ortega, doctora de cuidados paliativos desde hace casi tres décadas, escucha con atención a este hombre de 55 años, afectado por una trombosis, con el que mantiene «largas tertulias». «El reencuentro con los pacientes -la reincorporación de los residentes comenzó a mediados de octubre- nos dio una gran alegría aunque no todos pudieron volver. Algunos murieron en esos meses que estuvieron fuera, otros no quisieron regresar», comenta mientras saluda a algunos ancianos.
Pero los que se negaron a retornar fueron «pocos». «Muchos pensaban que iban a perder la plaza, otros me enviaban a sus parientes para decirme que temían encontrarse con grandes colas para volver...», recuerda Ortega. «Es que ésta es nuestra casa, el ambiente es muy familiar», aclara Angelito. Sin embargo, las 62 habitaciones concertadas por la Diputación apenas tienen nada que ver con las de una vivienda cualquiera y «parecen de un hospital», indica la médico. Los dormitorios de la segunda planta cuentan con toma para oxígeno, timbre en los baños o sillas adaptadas, en los casos necesarios, tal como les pedía la institución foral.
«Nueva etapa»
«Todo se ha diseñado para el bienestar de los pacientes», advierte Gonzalo Fernández, supervisor de la clínica desde principios de los noventa. La reforma supone, a juicio de la dirección, «una nueva etapa» para trabajadores y residentes aunque no es el último proyecto que planea sobre sus cabezas. Mariano San Vicente piensa ya en «una ampliación de la clínica» para poder dar cabida, al menos, a 200 camas rotatorias o para «convertirse» en el anunciado tercer hospital de la ciudad, siempre que éste vaya dirigido a enfermos crónicos.
Pero estos asuntos no preocupan a los inquilinos. Ellos se conforman con su misa dominical, con ver colgados cuadros creados en los talleres o con la visita de sus familiares, que «se quedan alucinados del cambio que ha sufrido la clínica», dice Ortega antes de salir al jardín. Por allí pasean algunos mayores pese a la amenaza de lluvia, y avisan: «Cuando hace sol, es increíble la luz que entra en las habitaciones».
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