José Ignacio Uceda Leal, el torero de Madrid de 32 años, no olvidará mientras viva el primer fin de semana de abril. El sábado, víspera de enfrentarse a un par de morlacos en Las Ventas, Uceda Leal, como hacía todos los días, llamó a su padre, a Pedro, el hombre que le metió el veneno de los toros en la sangre cuando era niño. El torero llamó una y otra vez. Pero sólo escuchaba el maldito timbre del móvil.
Después de comer, cogió el coche y se fue a la casa del padre. Abrió la puerta y se encontró al hombre tendido, muerto de horas. Tenía 78 años. Eran las 5 de la tarde y el drama volvía a la vida de este 'legionario' de la plaza, un tipo bregado que ha hecho su fortuna toreando hierros imposibles y jugándose el tipo, tarde a tarde, feria a feria, con 'victorinos', 'palhas', 'cebadas', 'miuras' y demás ganaderías que anuncian la muerte en los pitones. El apellido Uceda está ligado a ganado de temibles pitones e instinto asesino.
Uno no se acostumbra nunca al dolor. Un dolor que a Uceda Leal le persigue desde hace años. Su hermano falleció en 1999. Aquella misma temporada, uno de los dos picadores de su cuadrilla fue reventado por un caballo que le derribó en la plaza francesa de Vic-Fezensac. El equino, volteado por un toro, rompió el hígado y el páncreas al varilarguero, que expiró en el ruedo. Tres años después, y antes de torear de nuevo en Las Ventas, Uceda Leal conoció el fallecimiento de su madre. El año pasado al torero le cayó encima el drama de una separación matrimonial.
Este domingo, con la imagen de su padre muerto todavía fresca en la retina, el maestro se enfrentó a su lote en Las Ventas. Saltó a la arena de la plaza e hizo el paseíllo con el público puesto en pie. «Son momentos duros. Todos tenemos pérdidas en la vida. Yo soy torero y sé que a mi padre le hubiera gustado que estuviera aquí», declaró tras pisar la arena de Madrid.
Luego, cuando le tocó el primero de su lote, Uceda Leal brindó al cielo y salió a jugarse el tipo, más allá tal vez de lo que acostumbra. El toro del Puerto de San Lorenzo no se lo puso nada fácil. Aun así, el maestro enhebró una buena serie de redondos. Cuando cogió la muleta para torear al natural llegó la cogida. El toro, de encaste Atanasio, le lanzó un derrote seco y certero, directo al muslo izquierdo. El cuerno le causó una herida de 20 centímetros que le destrozó los músculos abductores y a punto estuvo de astillarle el fémur. Pero aguantó como un bravo. Le hicieron un torniquete por encima de la herida de su pierna izquierda y trasteó con el animal. Luego, sacando fuerzas de flaqueza, lo estoqueó. Le dieron una oreja. Uceda Leal fue llevado en volandas por sus subalternos hasta la enfermería. «Lo primero que nos preguntó es si podría ir al entierro de su padre», comentó el cirujano Máximo García Padrós.
Ayer, el torero estuvo donde debía estar. Salió de la clínica La Fraternidad y acompañó al cuerpo de su padre en la ceremonia funeraria. Pálido, serio, encima de una silla de ruedas y tocado con toda la vergüenza torera de un buen hijo.