La vida de Óscar Freire está sometida a la ley de la paradoja. Es la suya una historia de talento intertimente. Nadie hace lo que Freire. Gana sin casi entrenarse. Domina las clásicas, la asignatura historicamente suspendida del ciclismo español. Sufre mil lesiones y, aun así, tiene ya tres mundiales. Se mete solo en todos los sprints y nunca se cae. Y cuando por primera vez se va al suelo, en el pasado Tour de California, se parte dos costillas. Pero no por el impacto con el suelo. Le golpeó otra vez la mala suerte: «Fue la caída más tonta. Ya casi la había esquivado, pero vino otro corredor y me dio con una de sus ruedas en el pecho», cuenta. Cascado. En California, en febrero, llovió durante las tres primeras etapas. Resultó una inundación de caídas. Freire las libró. Él se cayó al cuarto día, cuando lucía el sol. La paradoja que le sigue.
Desde aquel tropezón, no se había cosido el dorsal. La Vuelta al País Vasco hace de mapa para su regreso. Precipitado. Eso dice el tricampeón del mundo. Él es así. El perezoso con mejor palmarés. El ciclista que no ama el Tour pero que en julio llegó con el maillot verde a París. El jersey de la regularidad. La paradoja del corredor más irregular. Genio discontinuo. «Preferiría haber esperado un par de semanas más para volver, pero el equipo quiere que esté en las próximas clásicas, así que...». A rodar. Y con «sólo diez días de entrenamiento». Es lo suyo. «Así que estoy como empezando la temporada».
Pasa al lado su nuevo compañero en el Rabobank, Juanma Garate: «Búscate un peluquero», le lanza el guipuzcoano a Freire. El cántabro sonríe. Arco iris facial. Se ha presentado en Ataun con melena. Como recién levantado de la cama. El año se le detuvo en seco en aquel rincón de California. «Ahora estoy mucho peor que cuando empecé la temporada». Lo lamenta mientras ladea la cabeza. Siempre se ha sentido en este deporte como de visita. Campeón a tiempo parcial. Esclavo de sus lesiones. Ahora, sus cadenas son dos costillas. «Ha sido un parón nuevo. No podía respirar ni descansar a gusto». Tuvo que ver la Milán-San Remo por televisión. La primavera le está pasando de largo. «No creo que esté a punto para las clásicas».
«En el ciclismo no hay suerte». Cuestión de piernas. Freire no tiene la fortuna de ser futbolista. «Ahí, aunque estés mal, si te cae un balón igual metes un gol; en el ciclismo...». Para rematar hay que pisar el área del sprint. «Y la Vuelta al País Vasco, con los puertos y la gente que tiene, no es el mejor lugar para volver». Alistado a la fuerza por el Rabobank. Así es él. El más veloz y, sin embargo, hay que empujarle.
Centrado en el Tour
En el Tour 2008 se vio obligado a llegar hasta París. No quería. Pero la retirada de otros velocistas le vistió con el maillot verde. Irse vestido así habría resultado una ofensa. Por eso tiró hasta los Campos Elíseos. «Pero no me vuelven a ver por aquí», sentenció entonces. Ahora borra esa advertencia. «No. Ahora, por la caída, tendré que centrarme en el Tour. Cualquier dice hoy que no quiero llegar hasta París, ja, ja».
«Noto que estoy sin fuerza. Aún me cuesta ir de pie en la bicicleta. Vengo a esta carrera con inseguridad. ¿Desmoralizado? No. Realista». A rescatarse a sí mismo en la Vuelta al País Vasco. Siempre lo ha hecho. Su cuerpo es un tratado anatómico de lesiones. Su dorsal ha sido siempre postizo: de quita y pon. Eso sí, está en posesión de la genialidad. Su motor. Sabe que esa caída californiana será como siempre su penúltimo problema. Habrá más. Pero así, a tropezones, llegará hasta septiembre, su mes. «Igual todo esto me viene bien para el Mundial». El cuarto oro. La culminación de su paradoja: el ciclista que menos corre y el que más mundiales acumularía. Freire.