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EDITORIAL

06.04.09 -

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L a esperada reunión celebrada ayer por el presidente del Gobierno con Barack Obama ha tenido el efecto inmediato de dar por cerrado el alejamiento que se había abierto entre el Ejecutivo español y el estadounidense a raíz de la retirada de las tropas de Irak, un período de cinco años sin ninguna entrevista oficial entre los máximos responsables de ambas administraciones. La cordialidad exhibida en Praga por Rodríguez Zapatero y Obama y la consideración compartida de que se inicia un nuevo tiempo en las relaciones entre los dos países certifican el fin de esa etapa de incomprensión mutua a la que contribuyó la concepción unilateral por parte del Gobierno de George W. Bush de las relaciones diplomáticas; pero también el cuestionamiento que proyectó el rechazo a la intervención en el país iraquí por parte del Gobierno español sobre el conjunto de la política norteamericana.
Ese distanciamiento, aún más abrupto porque quebraba la alianza previa que había promovido el ex presidente Aznar, resultaba una anormalidad no sólo en un contexto europeo en el que los distintos socios disconformes con el proceder de Bush habían optado con el tiempo por ir salvando ese abismo. También por los intereses comunes en materia económica, comercial, diplomática o cultural que han enlazado tradicionalmente a España y Estados Unidos, reflejados ahora en cuestiones como el desarrollo de América Latina, el futuro de Oriente Medio, la gestión de la crisis económica o la suficiencia energética.
La fotografía de ayer en la capital checa no basta, sin embargo, para dotar de contenido específico a un restablecimiento de relaciones que deberá perseverar en futuros contactos diplomáticos y demostrar que es susceptible de fortalecerse con acuerdos, pero también sobrevivir a las discrepancias. El multilateralismo que ha propugnado Obama en su primera gira europea no obvia la determinación de la hiperpotencia que lidera de seguir siéndolo, lo que implica dar prioridad a una serie de intereses y objetivos aunque la consecución de los mismos se module más a través de la persuasión que de la imposición.
Pero, junto a ello, el Gobierno de Rodríguez Zapatero tiene ante sí el desafío de reconstruir los lazos con EE UU desde la salvaguarda de una estrategia en materia exterior propia y articulada, que no se defina simplemente por contraposición a las disensiones vividas con Bush o por etéreas afinidades ideológicas con Obama.
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