Si es que alguna vez la tuvo, a Silvio Berlusconi se le ha acabado la paciencia con los periodistas de su país. El primer ministro italiano amenazó ayer con tomar medidas y emprender «duras acciones», molesto por las «calumnias» en las informaciones que recogen y airean con regocijo sus salidas de tono y bufonadas en las cumbres internacionales celebradas los últimos días.
La última metedura de pata del mandatario italiano fue un feo que le hizo a la canciller alemana. Angela Merkel lo esperaba a su llegada a la ceremonia conmemorativa del 60 aniversario de la OTAN. 'Il Cavaliere' no hizo honor a su sobrenombre y se portó como un garrulo al bajar del coche mientras hablaba por su teléfono móvil ignorando durante unos minutos a la mandataria germana, que salvó la situación como pudo. Berlusconi intentó arreglarlo y explicó que la llamada era importante y no podía colgar. Según recogió ayer la agencia Efe, hablaba con el líder turco, Tayyip Erdogan, con el fin de desbloquear la elección del danés Anders Fogh Rasmussen como secretario general de la OTAN.
En cualquier caso, lo de Merkel debe de ser una fijación, porque fue objeto de otra extravagancia de Berlusconi. En noviembre pasado, una comitiva encabezada por la canciller acudía a reunirse con la delegación italiana durante un encuentro bilateral. Al primer ministro italiano se le ocurrió que sería divertido esperar escondido detrás de una columna. Berlusconi se asomó cuando el grupo ya había pasado y gritó un «¡cu-cú!» que hizo dar un respingo a Merkel. Ésta respondió con un igual de sonoro «¡Silvio!». Por lo menos, luego se abrazaron.
La otra anécdota que ha sido muy comentada durante la semana pasada por la prensa italiana sucedió tras la foto de familia del G-20 en Londres. Cuando el grupo de mandatarios rompió filas tras posar para los fotógrafos, 'Il Cavaliere' aulló un «¡Mister Obamaaaaaaa!» tan estentóreo que la reina Isabel II, poco amiga de este tipo de efusiones, pegó un saltito, puso gesto de disgusto y preguntó: «¿Pero quién es...?».
El palacio de Buckingham y el propio Berlusconi señalaron después que la anécdota no había pasado a mayores y que no hubo una reprimenda real al líder italiano, como se llegó a publicar. Se ve que Berlusconi se moría por confraternizar con el nuevo presidente de los EE UU, al que durante una visita a Moscú había descrito como un «joven, guapo y bronceado».
En todo caso, lo de Obama es una nadería comparado con las declaraciones que hizo 'Il Cavaliere' acerca de la ola de violaciones registrada en Italia. Para solucionarla, «tendríamos que tener (en las calles) tantos soldados como tantas son las bellas mujeres italianas. Creo que no lo lograríamos nunca».
A Berlusconi, que todo esto acapare titulares y sea objeto de comentario, no le hace gracia. Interrogado sobre lo que piensa hacer, respondió con otra pregunta: «¿Pero usted piensa que si yo digo que no se vea más una televisión u otra no hay nadie que me siga en Italia?».