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Cerca de 9.000 enfermeras se presentaron ayer a la oferta pública de empleo para acceder a un puesto en el Servicio Vasco de Salud

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María José se ha levantado a las seis de la mañana. Está nerviosa y le cuesta disimularlo. Después de «meses» estudiando «hasta las tapas del libro» ha llegado el día. En hora y media tiene que plasmar sobre el papel todo lo aprendido a base de «mucho esfuerzo» y «un gran sacrificio personal». Esta basauritarra de nacimiento y vitoriana de adopción es una de las 8.942 enfermeras que se presentaron ayer al examen de la oferta pública de empleo (OPE) convocada por Osakidetza para conseguir una plaza en propiedad en el Servicio Vasco de Salud y acabar «de una vez por todas» con la «incertidumbre» de los contratos temporales.
Los opositores tuvieron que madrugar. La prueba empezaba a las nueve de la mañana. Puntual. Si no llegas, no entras. No hay más oportunidades. María José Sánchez (45 años) y sus compañeras del hospital de Txagorritxu no quisieron arriesgarse, así que no se complicaron. El sindicato de enfermería (SATSE) contrató nueve autobuses para que las aspirantes alavesas pudiesen llegar al Bilbao Exhibition Center de Barakaldo sin ningún contratiempo y allá que se fueron. «Bastante atacadas estamos ya como para encima tener que estar pendientes de la carretera», explicaba Inma Andrés poco antes de subirse al autocar número ocho junto al resto de sus compañeras. Lo mismo hicieron sus colegas guipuzcoanas. El resto -la mitad de las aspirantes que se presentaron ayer al examen son vizcaínas- se acercó hasta el recinto ferial en transporte público y las menos lo hicieron en coche particular. «La cosa es demasiado seria como para arriesgarse a un atasco de última hora», comentaba un grupo del hospital de Basurto.
A las siete menos cuarto de la mañana, el aparcamiento del centro de salud de San Martín -lugar en el que el SATSE había citado a sus afiliadas alavesas- era un continuo ir y venir de gente hecha un manojo de nervios. Enfermeras veinteañeras se cruzaban con veteranas que afrontaban las oposiciones de ayer como una especie de «ahora o nunca». María José llegó al ambulatorio acompañada de Chus Eguía, una de tantas trabajadoras con veinte años de experiencia a sus espaldas, pero sin plaza fija «por no tener perfil de euskera». «Una injusticia», se quejaba.
A medida que pasaban los minutos, las aspirantes se iban poniendo más tensas. «No he dormido en toda la noche», confesaba Maider Morales, mientras María José intentaba ponerse en contacto con sus compañeras del hospital para ir todas juntas en el mismo autobús.
-Ya está. Es que se han ido a Txagorritxu a buscar a Sonia.
-¿Tenía turno de noche?
-No. Acaba de dar a luz.
-¿Y va a hacer el examen?
-No le queda otro remedio si quiere entrar en las listas.
«Ahí vienen». Carolina, Inma, Sonia, Ayala, Susana, Chus y María José subieron al autocar en tropel, bromeando sobre las posibles respuestas del examen. La mayoría sabe que no va a sacar plaza, pero quieren mejorar su puesto en las listas de contratación, como casi todas las enfermeras que se presentaron ayer a la prueba. «Pero si hay gente que lleva trabajando desde el año que nacimos nosotras (1981) y no tiene puesto fijo», reconocían Inma y Carolina con resignación. De las sesenta profesionales que viajan en el autocar, sólo dos van a sacar plaza en una categoría donde nueve de cada diez tituladas son mujeres. Pura estadística.
El promedio de la oferta pública de empleo convocada por el Servicio Vasco de Salud es de treinta aspirantes por plaza. Y María José Sánchez puede ser una de ellas. El suyo es un caso curioso. Comenzó la carrera a los 29 años tras dejar su trabajo como administrativa. «Ya estaba casada», apunta. Su vida laboral la ha desarrollado en el hospital de Txagorritxu. «He currado en todos los puestos posibles. Quirófano, trauma, urgencias, retén...» Sólo dejó de trabajar un año y fue para sacarse el perfil lingüístico. «Sabía que sin euskera no tenía ninguna posibilidad, así que me apunté a un intensivo de cinco horas diarias y aprobé», recuerda. El título que tanto esfuerzo le costó sacarse podría darle ahora la puntuación necesaria para entrar en la plantilla de Osakidetza, justo lo contrario que le ocurre a su amiga Chus y a una parte importante de los opositores. «El tema del idioma es muy injusto, sobre todo en una profesión como la enfermería donde la práctica es fundamental. Está bien que se tenga en cuenta, pero en su justa medida», apostillaba María José.
Repaso de última hora
El viaje en autobús continúa. A medida que se hace de día las enfermeras van sacando los libros del bolso en una especie de acto reflejo mientras repasan una y otra vez las respuestas del examen como si de ese último vistazo dependiese la nota final. «¿Pirámide o rueda?», pregunta Carolina en voz alta. El resto contesta entre risas. «Pirámide», dicen unas. «Rueda», aseguran otras. «Es que es una pregunta que han incluido hace dos días en el cuestionario y no sabemos la respuesta exacta. No te imaginas la que se ha montado en los foros de enfermería a cuenta del tema», explica María José, convencida de que la respuesta correcta es pirámide. En unos segundos, la conversación deriva en una especie de debate sobre física cuántica en el que las enfermeras suman y dividen gotas y microgotas. «Esto es peor que la selectividad», confiesa Laura.
Ya se ve la torre del BEC. La cara de Inma torna el gesto mientras toquetea un colgante de forma compulsiva. Carolina ríe nerviosa y María José trata de tranquilizarlas. «¡Venga chicas, que nos las sabemos todas!», las anima. Han llegado. Son las 8.20 horas. «Esto es lo peor de toda la oposición. La espera, el barullo, gente por todas partes. Es como una borrachera», describe la enfermera vitoriana, mientras saluda a antiguas compañeras con las que se va encontrando camino del pabellón número seis. A su lado, un grupo de opositoras guipuzcoanas se besa y desea suerte antes de acceder a la zona de examen. María José baja las escaleras tranquila. «Me va a salir bien», se repite. Se sienta en su sitio y respira.
Comienza el examen. Una a una va contestando todas las preguntas. Repasa la prueba dos veces y abandona la sala. «Estoy contenta. Creo que me ha salido bien», comenta por teléfono a sus compañeras. Lo mismo que a Mariví, Demelsa, Jesús, Jaione, Miguel, Fátima... «La verdad es que ha sido fácil», reconocía Gloria Esteban. María José no se equivocaba, tanto ella como sus compañeras han sacado la máxima puntuación. «Mi hijo estará encantado. Por fin va a poder usar el ordenador», bromea.
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