María José Vázquez Ugarte sirve cafés y orujo en la barra de acero inoxidable mientras bromea con hombres en ropa de faena a quienes llama por su nombre de pila. También les reconviene con guasa. «¡Hay que venir más limpio!», le dice a uno que ya ha terminado de comer mientras señala el cartel: 'Por higiene y respeto a los demás al comedor se debe entrar con ropa de trabajo sin grasa'. Entre el humo de los farias emergen imágenes de la duquesa de Alba. Los cotilleos de la tele no se oyen porque a las dos y media hay bastante jaleo en el restaurante Saerín, en Amurrio. Hace media hora fue el cambio de turno en Tubos Reunidos.
El Saerín, a pocos cientos de metros de la planta, es uno de los negocios que más directamente van a sufrir los tiempos duros que vienen. Pero toda la comarca alavesa de Ayala está pendiente de qué va a pasar con la industria de los tubos. Tubacex y Tubos Reunidos, las empresas más potentes de la zona, las que parecían invencibles, las que eran objeto de deseo por los jóvenes del lugar atraídos por la seguridad de sus empleos y sus salarios generosos, han anunciado expedientes de regulación de empleo hasta fin de año tras ver cómo se desplomaban sus carteras de pedidos, arrastradas por la crisis. Los EREs afectarán, si el Gobierno vasco los aprueba, a casi 1.700 trabajadores. Cifra importante para una comarca con 34.000 habitantes repartidos entre los municipios de Llodio, Amurrio, Ayala, Okendo y Artziniega.
De momento, todo es incertidumbre. Empresas y sindicatos -que rechazan la medida y hasta han pedido apoyo a los ayuntamientos de la comarca- parece que negociarán unas regulaciones que sufrirán los 813 trabajadores de la planta de Tubos Reunidos en Amurrio y los 878 que Tubacex tiene en Llodio y Amurrio. Son EREs temporales pero, ¿lograrán que la empresa complemente las escasas prestaciones del Inem? ¿a cuántos trabajadores acabarán afectando? ¿cuándo levantarán cabeza? Muchos ven tambalearse una fortaleza hasta hace poco inexpugnable de la que depende, en gran parte, la prosperidad de la zona.
También hay quien no se sorprende, porque esta situación «se veía venir». Lo dice la pequeña de los Urrutia desde el otro lado del mostrador de la zapatería del mismo nombre, en pleno centro de Amurrio, y su análisis va más allá de situaciones puntuales. «¿Cómo no se iba a ver venir la crisis si estos pisos de aquí -dice señalando a la calle- se vendían por setenta millones? Por mucho que se esté en Tubacex, no se puede...». Para la mayoría, encontrar trabajo en una de las grandes empresas de tubos «era una bicoca, te convertías en el rey. Había chavalitos de 22 años que a los dos meses de entrar los veías con un coche de siete millones, que llevaban a casa sueldos que no los ganaba su padre en tres meses». Sin embargo, por mucho que se compliquen las cosas, esta joven empresaria cree que los negocios del pueblo sobrevivirán. Al menos, el suyo. Su abuelo lo fundó en 1936 y «ya hemos pasado temporales más fuertes».
Pero habrá gente que lo pase mal. Manuel Rodríguez, miembro del comité intercentros de CC OO y trabajador de Tubacex en Llodio admite que «mucha gente joven se ha encontrado con niveles salariales altos -unos 2.000 euros netos al mes- y se han metido a comprar coches y en hipotecas». Ahora, se topan con «esta situación». ¿Qué situación? No hay respuesta, «no sabemos cómo van a quedar las cosas, ni cómo se verán afectados los sueldos... No sabemos cuánto va a durar esto».
Los más jóvenes sólo han conocido una empresa pujante, un refugio seguro. Pero a los veteranos, «a quienes estuvimos en el año 92, con la suspensión de pagos», esta historia les suena conocida. Entre ellos, José Alfredo Martínez Lacalle. Lleva 35 años en Tubacex y recuerda que hace tres lustros «la empresa estuvo a punto de cerrar». Al final, «salimos adelante, y eso que la situación financiera entonces era mucho peor que ahora». Eso sí, esta vez augura que saldrán peor parados «los pequeños talleres que viven a nuestro alrededor».
Contratas y eventuales
Este es un extremo importante, porque la caída en la actividad de las dos grandes empresas no sólo afecta a sus 1.700 trabajadores. También sufren de incertidumbre Javier Borque y Agustín Lekuona. Trabajan para Jáuregui, la contrata encargada del mantenimiento en Tubos Reunidos. Hablan de recortes de jornada, de vacaciones anticipadas... ¿Hay preocupación? «¡Joder, preocupación!», exclama Agustín. Y es Javier quien explica que «cuando las cosas vayan mal, los primeros en salir vamos a ser nosotros. Nos vamos a la calle, y sin complemento». Los dos sufrieron la crisis del sector naval y, tras 17 años prósperos en distintas contratas de Tubacex, ahora la zozobra se repite.
En otra cuerda floja están los eventuales, como Iratxe. Trabaja en las oficinas de Tubacex en Llodio y tiene claro que «todo esto me va a afectar». De hecho, al menos 139 temporales de esta empresa no renovarán los contratos que han empezado a caducar esta misma semana. Como un goteo, irán dejando sus puestos de aquí a mediados de mayo.
Un escalón por encima en la escala de seguridad, aunque lejos de la tranquilidad, están Aritz y David. Ambos estrenaron hace pocos meses sendos contratos de relevo de cinco años en Tubos Reunidos de Amurrio después de cuatro años «dando vueltas por aquí». Creían haber encontrado el ansiado trabajo para toda la vida. Eran envidiados por los amigos y ellos mismos reconocen la «ilusión» que les hizo. Pero ya no hay nada para toda la vida. Así que se limitan «a verlas venir» porque «hay mucho desconocimiento» sobre el futuro. Aunque reconocen como cierto el argumento de la empresa para impulsar el ERE: la producción ha pasado de las 20.000 toneladas a una cantidad que oscila entre las 3.000 y las 7.000.
«Es cierto que desde hace dos meses la cosa está bastante parada», admite Aritz. «Pero ahí -dice mientras señala el interior de la fábrica- un papel pone que van a repartir beneficios». David asiente y cree «excesivo lo que plantea la empresa después de haber ganado tanto dinero». Pero hay esperanza porque, al fin y al cabo, «no se han parado las inversiones en maquinaria».
La palabra de moda entre las plantillas de Tubos Reunidos y Tubacex es 'incertidumbre'. De por medio hay hipotecas, hijos recién nacidos y todo un rosario de necesidades que obligan, incluso con carácter preventivo, a apretarse el cinturón. Así que todos en la zona notan el parón. Como el dueño de la Joyería Itizibel, Juan Ainz, que ha visto caer sus ventas y prevé malos tiempos. O Nuria Gil, de Viajes Araba, que pronostica un verano austero. Hasta en Talleres Fuentes advierten que muchos están dejando el coche parado «para evitar gastos».
Hasta acabar el paro
Los bancos también están expectantes. «Esta situación va a afectarnos a todos», vaticina José Antonio Duñabeitia, el director de la Caja Vital de Zumalakarregi, en Llodio. El bajón del consumo es una realidad. Pero la principal preocupación son los impagos. No ahora, ni dentro de dos meses. «Mientras la gente cobra paro hace frente a sus compromisos». El problema vendrá cuando se terminen las prestaciones. Entonces, «Dios dirá».
En los bares se comenta la situación, pero poco. Hay menos clientes y no quieren hacerse mala sangre. «La gente, aquí, no dice nada», confía María José, la del Saerín. Luego discute con un currela rudo y amable que, tras echar por tierra un cenicero, pide una escoba. «¡Qué no te la doy! Ya lo barreré yo luego, no te preocupes». En este restaurante llevan un mes notando el bajón. «Hay contratas que han terminado, chavales jóvenes que consumieron sus contratos y no les han renovado y gente a la que han mandado de vacaciones», dice la dueña. No está muy preocupada porque ella no tiene hipoteca, no paga alquiler, es propietaria de su propio negocio. Pero se acabó el hacer cálculos sobre seguro, contando con servir 40 comidas por jornada. «Ahora hay que ver lo que pasa día a día. Y hay días de mucho bajón». Sirve un orujo de hierbas en vaso de tubo y concluye filosófica: «Pero siempre que ha llovido, ha escampado».