El nombramiento del sustituto de Jaap de Hoop Scheffer al frente de la secretaría general de la Alianza Atlántica topaba ayer con la firme oposición del primer ministro turco, Recep Tayipp Erdogan, que se negaba a otorgar su visto bueno al candidato mejor situado, el socialista Anders Fogh Rasmussen, actual primer ministro de Dinamarca.
La designación de los secretarios generales aliados se produce por consenso de todos los miembros de la organización. La negativa de uno de ellos puede conducir al naufragio de una candidatura, como ha sucedido ya en el pasado.
La animosidad de Erdogan hacia Rasmussen enraíza en el episodio de las caricaturas de Mahoma, publicadas en un diario de Copenhague en 2006. El primer ministro danés defendió la libertad de expresión, irritando con ello a islamistas radicales y moderados en todo el mundo. Erdogan dirige el Partido de la Justicia y el Desarrollo, de confesionalidad islámica.
Pero, además, Rasmussen se ha declarado contrario a la entrada de Turquía en la UE, introduciendo con ello un obstáculo adicional, de importancia además, en la estrategia del primer ministro otomano para modernizar su país.
Aunque no existe plazo formal para sustanciar este nombramiento del secretario general de la OTAN, existía la pretensión de formalizarlo ya. La canciller alemana, Angela Merkel, que apoya a Rasmussen como Gordon Brown y Nicolas Sarkozy, además de Obama, insistía ayer en la necesidad de cumplimentar el trámite durante la cumbre. Antes de que esta comenzara, sin embargo, el portavoz aliado, James Appathurai, expresaba sus reservas al respecto.
El precedente de Lubbers
Las negociaciones para la designación de los secretarios generales de la organización se llevan a cabo siempre en la discreción. Por la importancia del cargo y por la calidad de los candidatos, que quedarían gravemente desairados si su opción es descartada. En 1995, sin embargo, tuvo lugar un raro precedente a la oposición que actualmente manifiesta Erdogan a Rasmussen. Fue cuando Estados Unidos echó por tierra la candidatura del entonces primer ministro holandés, el democristiano Ruud Lubbers. Le apoyaban los principales socios europeos, incluido Felipe González, pero la Casa Blanca que dirigía Bill Clinton dijo «no», aparentemente como un pulso con los europeos, y Lubbers vio frustradas sus aspiraciones.
Como hombre de consenso emergió Solana. El entonces ministro español de Exteriores sucedió al belga Willy Claes, quien dimitió por un escándalo de corrupción de la política belga y en cuyo nombramiento lidió con el candidato noruego Thorvald Stoltemberg, ex ministro de Exteriores y mediador en la crisis de Bosnia, y Hans van den Broek, ex ministro holandés de la misma cartera y entonces comisario de la UE. Pero ante el apoyo cosechado por el primero, los otros dos retiraron prudentemente sus candidaturas sin organizar ningún alboroto.
En el nombramiento de George Robertson, que sucedió al español, había tres capitales que no dieron de entrada su consenso, pero la OTAN tapó todo indicio de disconformidad.