L a firma por parte de los dirigentes del PSE-EE y del PP de las 'Bases para un cambio democrático al servicio de la ciudadanía vasca' certificó ayer su propósito común de dotar de estabilidad al Gobierno que presidirá Patxi López. Ambas formaciones han venido esforzándose en rebatir las dos imputaciones que más pesan sobre su acuerdo: que se trata de un pacto contra natura y que responde a un empeño frentista contra el nacionalismo. Es indudable que la alianza entre socialistas y populares constituye una excepción en la política española, caracterizada durante los últimos años por el implacable enfrentamiento entre ambos partidos. Pero la excepcionalidad del acuerdo no es más que reflejo de la excepcionalidad en la que se ha movido la política vasca en las últimas décadas, monopolizado el poder por un nacionalismo incapaz de empatizar con quienes eran víctimas de la persecución ideológica, y orientadas las políticas oficiales a proyectar una versión sesgada del país. Si el eje de separación nacionalismo-constitucionalismo se ha impuesto a la dialéctica izquierda-derecha no es por mérito del PSE-EE y del PP, sino por demérito de un nacionalismo que en los últimos años ha mostrado su cariz más soberanista.
Puede parecer incongruente que mientras el Ejecutivo de Rodríguez Zapatero se propone modificar la legislación en materia de aborto, los socialistas vascos participen mañana en la elección de una presidenta para el Parlamento de Vitoria, Arantza Quiroga, cuyas convicciones discrepan radicalmente de las intenciones del PSOE. Pero esto, que en otras circunstancias podría constituir una flagrante contradicción, representa, además de consecuencia del lógico reparto de papeles institucionales entre socialistas y populares, la apertura de la política vasca a un ejercicio integrador de ideas. De manera que la deseable transversalidad alcance a la relación entre las visiones más tradicionales de izquierda y derecha. La acusación, vertida por la consejera-portavoz del Gobierno vasco en funciones, Miren Azkarate, de que el pacto entre el PSE y el PP consagra una estrategia frentista obedece sin duda a las dificultades que tiene el PNV para realizar la autocrítica a la que está obligado después de que una victoria electoral se haya tornado en derrota política. Pero la invectiva compromete muy directamente a Patxi López y a su partido, que deberán enderezar la actuación de las instituciones autonómicas hacia una Euskadi sin exclusiones, corrigiendo cuanto sea preciso pero dando cauce de expresión a una sensibilidad mayoritariamente vasquista.