Afganistán es un enfermo crónico que ha ido descendiendo peldaños hasta convertirse en uno de los países más pobres. Situado, según el Informe Nacional de Desarrollo Humano 2007-2008, sólo por delante de los desastres africanos de Burkina Faso, Malí, Sierra Leona y Níger, es el quinto menos desarrollado del planeta.
La esperanza de vida ha bajado de los 44,5 años de 2005 a 43, nueve menos que en las naciones no ya del tercer, sino del cuarto mundo. Según Oxfam, 8,5 millones de afganos viven en la pobreza y el 24% de los hogares pasan hambre, por lo que hay un millón de niños desnutridos. La tasa de alfabetización adulta es sólo del 28%, mientras que en los países más atrasados llega al 64%. Aunque en Afganistán hay más de seis millones de estudiantes, la calidad de la educación es pésima y seiscientas escuelas permanecen cerradas en el sudeste, la zona controlada por los talibanes, por la falta de seguridad y de profesores. En muchos lugares, las clases están vetadas para las niñas.
El 30% de los 33 millones de afganos no tienen acceso a agua potable. Aún mueren 1.600 mujeres por cada 100.000 partos y 30 personas fallecen de tuberculosis al día. Una de sus víctimas fue el marido de Nasrim, una mujer de 48 años ingresada en el Instituto de Karte Parwan, en Kabul. A pesar de que esta enfermedad es altamente contagiosa, el centro se sitúa junto a un colegio. Un elevado riesgo porque esta clínica no es más que una rudimentaria casita de dos plantas donde sus diecinueve pacientes resisten postrados en los camastros de sus desnudos cuartuchos.
Sólo para mujeres
«Necesitamos un edificio mayor, ya que aquí sólo tenemos treinta camas. Aunque hay medicamentos suficientes gracias a la OMS, no podemos hospitalizar a los hombres porque este sanatorio es para mujeres», se queja el doctor Hashim Khan.
Debido al deterioro de la sanidad y la higiene, en Afganistán están proliferando los casos de leishmaniasis, una enfermedad causada por un mosquito que se reproduce con mayor facilidad en las casas en ruinas que abundan en Kabul. Su picadura provoca infecciones que supuran en la piel y hasta úlceras internas que inflaman el bazo y el hígado y llegan a ser mortales.
Como confiesa el doctor A. Shah Wazir, «el hospital de quemados de Kabul no podría funcionar ni un solo día si dejaran de recibir los 22.000 euros que la ayuda internacional italiana destina cada mes».