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No se sabe si el niño lloró pero razones tenía. El frío pilló fuera de juego al sacerdote Paal Dale, del pueblo de Stord, en Noruega. Celebraba un bautizo y con los grifos de la Iglesia congelados ¿de dónde sacaba el agua bendita para echársela por la cabeza al crío? Con el apuro no se le ocurrió nada mejor que bautizarle con coca-cola al limón. «Ya no tenía gas», se excusó el párroco, quién ante el 'tufo' a limón que despedía el bebé, confesó a la familia el original bautismo.
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