El nuevo museo Bibat ha echado a andar con aplausos y con críticas. Los visitantes, más de 2.500 desde que abriera sus puertas el pasado jueves, creen que la información sobre las piezas expuestas es «escasa», según pudo comprobar ayer EL CORREO en un pequeño sondeo realizado al final del recorrido. Y es que las fabulosas colecciones de Arqueología expuestas en las vitrinas carecen de un cartel básico que indique, por ejemplo, si la vértebra del Paleolítico que se observa es de un oso o de un caballo. Tampoco es posible tener datos de destacados elementos como el del ajuar de un guerrero de La Hoya, la maqueta de un poblado medieval o el dibujo de un jinete.
El Departamento de Cultura que dirige Lorena López de Lacalle asume las críticas de los visitantes y asegura que completará la información en breve. Un portavoz foral indicó que la idea inicial era la de intentar «no abrumar» al público con nombres, datos y fechas. Sus responsables pretendían ofrecer un producto visual e inmediato en el que se puede profundizar a través de los audiovisuales y las visitas guiadas. Sin embargo, las quejas de los ciudadanos llevan a ahora a la Diputación a completar la información.
La medida llenará de satisfacción a Luis Uriarte, Patxi Sáenz y Ángel Mesanza, tres jubilados que ayer recorrieron durante dos horas la «magnífica» caja de bronce y madera wengé proyectada por el arquitecto Patxi Mangado. Los tres echaron de menos «saber más sobre los objetos que ves», aunque disfrutaron de lo lindo con los vídeos explicativos. Casilda Alonso y Marisa García también hubiesen agradecido algún que otro texto explicativo sobre utensilios de caza o sobre ajuares funerarios.
Tres recorridos
Para las dos amigas, el museo» gana mucho» en comparación con el viejo palacio de la calle Txikita, «muy masificado». Eso sí, las mujeres encontraron «oscuras» las salas, igual que Ángel Doubagna, quien buscaba si el nuevo edificio exponía la reproducción de una casa de La Hoya que él hizo en su día para el antiguo museo.
Las impresiones de estos visitantes resumen lo que cualquiera puede sentir al entrar en Bibat. El contenido no satura, pero en ocasiones uno se queda con ganas de conocer detalles como el de qué emperador aparece en las monedas, algo a lo que en nada ayuda el raquítico tríptico que dan en la entrada.
El complejo se divide en tres plantas: la primera está dedicada a la Prehistoria; la segunda a la Protohistoria, con un completo montaje sobre el poblado de La Hoya, en Laguardia; y la tercera, a la Edad Media y a la época romana. Cada grupo de vitrinas va acompañado de un panel explicativo que ofrece unas pinceladas sobre el modo de vida de la época a la que pertenecen las piezas que se van a ver. Cada escaparate tiene un título como 'Cazadores en el frío' o 'Maestros del metal', e incluye una placa que informa de la época a la que pertenecen las piezas y los yacimientos donde fueron halladas.
Nada más. Para ver las colecciones hay que acercarse y la luz se enciende sólo a través de un detector de presencia, que a veces deja mucho que desear. Se presupone que el público sabe que se encuentra ante el ajuar funerario de alguien. Pero menos se sabe aún de los elementos que completan las salas. Así, en la primera planta hay que adivinar a qué animales pertenece la colección de huesos expuesta en una caja, o entender que esa tierra es un homenaje al arqueólogo.
Tampoco hay detalles del jinete de la Edad del Bronce grabado en piedra, que ha sido estandarte del museo durante años, ni de la estela funeraria más antigua, ni explicaciones del fabuloso ajuar del guerrero de La Hoya, ni una traducción de los textos en latín encontrados en columnas o lápidas. «¿Y la maqueta de ese pueblo con castillo, de dónde es?», preguntó Ángel Mesanza.