Superado por la huelga de jueces y debilitado políticamente por la cacería con el juez Baltasar Garzón, Mariano Fernández Bermejo no esperó a una futura remodelación del Gobierno y ejecutó ayer su decisión de abandonar sus responsabilidades al frente del Ministerio de Justicia. Su intención irrevocable ya la conocía José Luis Rodríguez Zapatero desde el pasado jueves, tiempo suficiente para buscarle un sustituto: Francisco Caamaño, catedrático de Derecho Constitucional, secretario de Estado de Relaciones con las Cortes y hombre de confianza del propio presidente desde los trabajos de elaboración y negociación del Estatuto de Cataluña.
La salida de Fernández Bermejo se gestó en estas dos últimas semanas y en ella influyeron tanto cuestiones del ámbito público como privado que acabaron por «superarle», según fuentes gubernamentales. Primero, la confirmación de que compartió montería en Jaén con el juez Baltasar Garzón cuando éste acababa de comenzar la instrucción de la trama corrupta vinculada al Partido Popular, lo que le puso en el disparadero de la oposición, a lo que siguió un reguero de datos negativos, como el hecho de haber cazado sin licencia en Andalucía o en un finca del Estado en Toledo que está protegida. Y en medio de ese chaparrón, el éxito de la primera huelga judicial de la democracia.
Fernández Bermejo quiso dar la cara, pero lo hizo en una multitudinaria rueda de prensa en la que no aceptó preguntas. Señaló que no fue al ministerio «a estar pegado al banco» y reconoció un par de veces que sus circunstancias están siendo utilizadas como munición gruesa contra el proyecto socialista. «Lo que debe de hacer uno es evitarlo y marcharse a otro lado», apostilló en referencia a una nueva etapa que se le abre como diputado en el Congreso.
Sereno, aseguró que la mejor defensa para el trabajo político que él y su equipo se habían propuesto cuando llegaron al ministerio es que «otra persona con un nuevo impulso lo continúe». «Nadie es indispensable y nadie debe estar amarrado a un puesto si no es para servir», concluyo entre aplausos de su equipo.
El episodio de la cacería debilitó su imagen. Ningún miembro del Gobierno salió en su defensa cuando más arreciaron los ataques de la oposición, y algunos socialistas, como el candidato a lehendakari, Patxi López, o el presidente del Congreso, José Bono, criticaron la torpeza de su actuación. Pero lo que acabó por defenestrarlo fue el paro judicial del 18 de febrero. Días atrás, Fernández Bermejo había emprendido una campaña personal para «minusvalorar» y, a juicio de los propios convocantes, «desprestigiar y dividir» a la judicatura de cara a la huelga.
Consiguió resquebrajar la unidad de la carrera judicial, pero no frenar el apoyo a la protesta. Su predicción de que el paro iba a ser secundado sólo por «una minoría», algo que sostuvo con la protesta ya en marcha el mismo miércoles, se volvió contra él. La movilización fue un éxito tanto por el seguimiento -apoyada por el 35% de los jueces según el Poder Judicial; por el 60% según los manifestantes- como por la imagen de fuerza que dieron los magistrados.
El día de la huelga se pavoneó ante la oposición y rechazó dimitir porque «tengo que trabajar por este país». Pero el jueves comunicó a Rodríguez Zapatero su convicción de que no debía asistir al Consejo de Ministros del pasado viernes. Según fuentes gubernamentales, el presidente rechazó la iniciativa, pero la mecha quedó encendida. Ayer, según colaboradores de Fernández Bermejo, una simple llamada le bastó para obtener inmediata audiencia en La Moncloa, y en apenas una hora de conversación la dimisión era un hecho.
Sin crisis de Gobierno
Zapatero incluso tenía previsto ya el relevo. En presencia de Fernández Bermejo, llamó a Caamaño, al que sorprendió en plena campaña electoral gallega, a la que había acudido a echar una mano a sus compañeros del Partido Socialista de Galicia. De inmediato, avión de regreso a Madrid para recoger su despacho en el Ministerio de la Presidencia. Hoy jurará su nuevo cargo ante el Rey y después tomará posesión.
Fuentes gubernamentales confirmaron que la dimisión de Fernández Bermejo aleja la posibilidad de una crisis de Gobierno, porque Zapatero quiere «poner en valor» el gesto del ex ministro y presentarlo como «ejercicio de responsabilidad» a imitar que quedaría minusvalorado de vincularlo a un cambio ministerial más amplio.
Queda una pequeña remodelación de segundos escalones en el Ministerio de la Presidencia, donde hay que sustituir al propio Caamaño, y en Justicia, donde a buen seguro el equipo de Fernández Bermejo va a ser poco a poco relevado.