Terminó la prórroga, estalló la alegría y el equipo baskonista era una piña en torno a Mickeal, el héroe de la sexta. Sin embargo, Tiago Splitter caminó en soledad, en la dirección contraria a la del resto de sus compañeros. La mirada fija en uno de los graderíos de fondo, buscando un rostro, una mirada. Alcanzó la primera fila y siguió comsumiendo la escalera hasta fijar su objetivo. Tordió a la izquierda y encontró a Amaia, su novia y un apoyo crucial en el trago más duro de su vida tras la pérdida de su hermana Michelle. La pareja se fundió en un abrazo, un beso enorme de agradecimiento y cariño, una liberación. Más tarde repetiría el mismo gesto con sus padres, presentes en la final. El bravo poste baskonista volvió después a la cancha y se fundió en un nuevo abrazo con Fernando San Emeterio, el rostro desencajado y bañado en lágrimas.
A escasos metros, Ivanovic se zafó de los 'flashes' y de los focos para dirigirse a la zona noble de una de las tribunas laterales. Sus ojos también buscaban a alguien. Con la faz temblando también abrazó a su esposa Ljilja y liberó la tensión de una final espectacular. Para el montenegrino parecía que el título no era uno más de su carrera sino una demostración de que puede volver a ganar después de su aciaga etapa en el Barça.
Fueron estampas que remataron una tarde inolvidable. La Copa puede ser la mayor fuente de títulos del Baskonia, pero cada vez que el conjunto vitoriano se acerca a un nuevo entorchado es como si fuera la primera vez. Al menos, ése el sentimiento de una afición que volvió a apoyar en masa a su equipo del alma en una nueva cita con la gloria. Seguro que no será la última. Aún quedan paradas esta temporada. ¿Berlín quizás en plena primavera?
Pero la Copa sigue siendo entrañable para el baskonista de a pie. Si el primer día ante el Pamesa se superaron los 1.200 fieles al credo azulgrana en el Palacio de los Deportes de la Comunidad, la cifra ascendió hasta pasar los 2.000 en la semifinal contra el Barcelona. En la gran final de ayer los números volvieron a dispararse. Desde el club baskonista se calculaba que hasta 4.000 seguidores azulgranas llegaron a poblar el graderío. Por la entrega en el apoyo a los de Ivanovic hasta la afonía, bien podría ser el doble.
Ganó el baloncesto
La mañana arrancó en Vitoria con colas para comprar una entrada en la tienda baskonista de El Boulevard. Mientras, en la estación de autobuses de la calle Los Herrán, los convoys hacia Madrid trasladaban a un gran número de seguidores dispuestos arropar al TAU en su ataque a cima.
En las horas previas al encuentro, los reventas hicieron su agosto -se llegaron a pagar hasta cien euros por un pase hacia la final-, mientras en las taquillas del pabellón infinidad de seguidores, muchos de ellos vitorianos, buscaban entrada. La pugna en la cancha se trasladó al graderío, una pelea igualada entre baskonistas y cajistas en la que, al final, ganó el baloncesto. Tras cuarenta minutos estremecedores, aún quedó resuello para dar el último empujón final. Desde el sector malagueño se acuñaba el grito de Obama '¡Sí, se puede!'. Pero en el segundo final, el Baskonia pudo más, mucho más. La sexta Copa baskonista ya está de camino a casa.