La imagen no puede ser más surrealista: ancianos en chándal y jóvenes ciclistas esquivan a decenas de ejecutivos de traje y corbata que dejan pasar los minutos agarrados a sus móviles, sin dejar de hablar, con el miedo y la incredulidad aún reflejados en sus ojos, en medio del carril-bici que trascurre paralelo a la M-40. Podría asemejarse a un 'reality show' de la televisión o a un anuncio publicitario de impacto, pero no lo es. Los restos todavía humeantes que se ven a lo lejos del coche bomba activado por ETA en las inmediaciones del Parque de las Naciones explican la extraña escena.
Un directivo de Morse, compañía informática que tiene su sede en el edificio contiguo al de Ferrovial, es incapaz de asumir lo que ve desde el otro lado del puente. El desarraigo de lo cotidiano. «Los bomberos están rompiendo ahora los cristales de la sala de reuniones de la quinta planta. Hoy desde luego no vamos a trabajar», explica a uno de sus compañeros a través del teléfono.
La bomba le ha sorprendido en una madrugadora clase de inglés voluntaria, y todavía no se ha hecho a la idea de lo sucedido. «Ha venido un coordinador de seguridad y nos han sacado a todos. Los empleados hemos salido por delante del coche bomba porque no hay otro sitio», relata alterado. Mientras, camina sin rumbo por el asfalto rojo del carril-bici ante la mirada curiosa de los deportistas.
No es el único. Centenares de empleados de Regus, Total, Cepsa y, sobre todo, de Ferrovial y Endesa están en la misma situación. Hay muchos nervios y carreras, y a la sensación de temor inicial le suceden ahora otras preocupaciones. «No sabemos qué ha sido de nuestra oficina ni de nuestros coches», explica Juan, uno de los trabajadores de la constructora que, poco después de las 7.30 horas, aparcó su automóvil en la Ribera del Loira, «muy cerca» de donde estalló la furgoneta.
«Tenemos simulacros de desalojo varias veces al año y por eso hemos sabido vaciar el edificio en cuestión de minutos, pero una cosa es un ensayo y otra es ver cómo las oficinas en las que pasas tantas horas se tambalean por un bombazo», detalla un ejecutivo de Ferrovial. A su juicio, los operarios necesitarán varios días para hacer habitables los dos edificios más cercanos al lugar de la explosión.
Dos mujeres de mediana edad ataviadas con vistosas zapatillas de deportes y no más discretos chándales siguen con avidez las explicaciones de Juan. Han oído algo sobre un atentado de ETA, pero todavía no comprenden la razón de que su carril-bici, siempre vacío a esas horas, hoy parezca una convención empresarial. Laura y María José están más impresionadas por el ir y venir de directivos trajeados que por los efectos del ataque. También los conductores atrapados en la M-40 reparten su atención entre ambos lados de la calzada: los edificios golpeados de la derecha y los ejecutivos desconcertados de la izquierda.
«¡Nos dejan volver!»
No hace mucho frío, pero el viento hace más gélida la imagen de los edificios con sus ventanales resquebrajados. Para muchos trabajadores, el espectáculo de las oficinas heridas resulta demasiado duro. En cuestión de minutos, los bares de la cercana calle Silvano se convierten en el refugio de todos ellos, a quienes ETA ha dejado, por unas horas, sin techo y atrapados en los arcenes de la autovía.
El bar Soccer y la cervecería Poveda son un hervidero de rumores, noticias y contranoticias, convertidos en cuarteles generales improvisados de ejecutivos que especulan sobre la cuantía de los daños. Los móviles echan humo hasta que una voz alerta: «¡Nos dejan volver a todos menos a los de Ferrovial, Morse y Boston!», compañías que se encuentran en los edificios más afectados.
A buena parte de los trabajadores se les ilumina la cara, incluso a sabiendas de que a muchos de ellos ETA les ha dejado sin automóvil. «Lo del coche vendrá luego. Ahora, por lo menos, podemos recuperar nuestras oficinas y abandonar la M-40 y la calle», se consuela Marta Gil. A ella, como a casi todos, les basta con recuperar «una pizquita de normalidad en esta mañana terrible», dice la ejecutiva.