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Los israelíes acuden a las urnas sin encontrar ningún líder que colme sus ansias, como lo prueba que el Likud y Kadima lleguen empatados a la cita

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«¿Quién será el número uno?». El titular de portada del diario más leído de Israel, 'Yedioth Ahronoth', reflejaba ayer con tipografía gigante la mayúscula incógnita en que se han convertido los comicios generales que hoy se celebran en el Estado judío. Lejos del feliz consenso nacional que el país disfrutó hace unas semanas -cuando la operación militar en Gaza hizo crecer el espejismo de una sociedad unida en torno a su fuerza-, el electorado se enfrenta a las urnas dividido e indeciso. Sin encontrar en ningún político al líder convincente y rotundo que desearían para que se hiciera cargo de los enemigos reales e imaginarios que acechan a esta población, empezando por la amenaza a su seguridad.
Ni el derechista Benjamin Netanyahu -que durante casi dos años, y hasta hace poco más de una semana, ha reinado en las encuestas-, ni la jefa del centrismo, Tzipi Livni, han sabido responder a esas ansias, multiplicadas a última hora. Sus respectivos partidos, el Likud y Kadima, empatan en todos los sondeos víctimas de una fuga de votantes desencantados, que han ido a recalar, según los estudios de opinión, a las filas de la ultraderecha. Cortejado por todos, su rutilante cabeza de cartel, Avigdor Lieberman, vive el sueño de tener en sus manos la llave del próximo Ejecutivo. A la espera de lo que puedan ofrecerle, el volcánico inmigrante ruso ya ha avanzado que cuenta con que le pongan sobre la mesa «el paraíso y mucho más», aunque la mayoría de las quinielas coinciden en que al final dará su apoyo a su aliado natural, Netanyahu.
Todo está en el aire, y la previsión meteorológica anuncia que hoy lloverá y hará mucho frío en Israel. Malas noticias para todas las formaciones del espectro político, excepto para las más ultraconservadoras, como el Judaísmo Unido de la Torá (4 diputados en esta legislatura), cuyo 'número cinco', Menajen Moses, recordaba ayer que para los suyos «votar es una mitzvá». Una obligación preceptiva.
Más allá, el partido de los religiosos ortodoxos, Shas, ha contratado cientos de minibuses para llevar a los estudiantes de las escuelas talmúdicas a los centros electorales. Kadima ha comprado 10.000 paraguas para que su ejército de voluntarios acompañe a los ciudadanos a las urnas, una práctica habitual en Israel que incluye ir pidiendo el voto por el camino. Y el Likud tentará a los ciudadanos por teléfono y ofreciéndoles transporte, otra licencia legal en este país.
Cansados de comicios
Lastrados por la desilusión con su clase política, por la continua sucesión de elecciones -Israel tuvo municipales hace tres meses y comicios generales hace sólo dos años-, se teme que el porcentaje de participación ronde el exiguo 63,5% de 2006. También frenará a muchos la creencia de que hoy no se decidirá nada, sino que el Gobierno será fruto de la alquimia política que sean capaces de digerir los partidos, grandes y pequeños, para formar una coalición.
Ni el Likud ni Kadima superarán los 30 representantes para una asamblea de 120 asientos, por eso cualquiera de ellos tendrá que buscar como socios hasta 4 o 5 grupos parlamentarios más. La lógica de los bloques indica que el triunfo será al final para el derechista, integrado por el Likud, Israel Beitenu de Lieberman, el Shas y el Judaísmo Unido, que suma 66 escaños en los sondeos. El de centroizquierda -Kadima, laboristas, Meretz y los partidos árabes- acumula 55. Pero en Israel la política no tiene lógica.
Los 'números uno' afilaban anoche sus mensajes -no existe jornada de reflexión- y extremaban posiciones para convencer indecisos: un 20%, la tasa más alta de la historia de este país, y en manos de los que se estima que hay 18 escaños. Livni subrayaba que no se sumará a ninguna coalición encabezada por otro candidato. Barak pedía al voto de izquierda no confiar en Livni. Netanyahu suplicaba «una victoria clara» y juraba que nunca ofrecerá a Lieberman la cartera de Defensa, como se sospecha. Y Lieberman se iba al Muro de las Lamentaciones a hacerse la última foto y repetir el eslogan que le ha hecho grande: «Sin lealtad no hay nacionalidad».
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