El parto de la decimosexta seguida -que se dice pronto- sobrevino en circunstancias atípicas. Con la mayoría de las vigas maestras en otros menesteres, el paso adelante de la 'cara b' azulgrana dinamitó el 'otro' derbi. Catapultado por los secundarios San Emeterio, Ilievski, Vidal y Barac, el líder de la ACB selló el triunfo, que completa una vuelta entera sin rasguños severos en el fuselaje. Una marca histórica en el día en que Tiago Splitter se reencontró con su pabellón.
Aparte de esta alteración en el guión original, el mal despertar de Rakocevic y Teletovic obligó a otro cambio imprevisto. El del estilo de juego. Por un día, el Baskonia, camaleónico, abandonó sus andanadas de larga distancia por continuas penetraciones. Esa metamorfosis momentánea se sumó a su celebrada querencia por la transición y a un puñado de porciones defensivas, patrocinando así el 95-69.
Cuando el inquilino del Buesa Arena se arremangó, el vecino Bruesa, que vive atacado por una peligrosa depresión, se derrumbó. Y eso que el único equipo capaz de tumbar al TAU Cerámica en el territorio patrio soñó con repetir gesta durante casi quince minutos. Hasta entonces todo eran exclamaciones por el buen hacer visitante. A partir de ahí, cuando el líder se desperezó gracias a la refrescante entrada de sus suplentes, todo encajó.
Cabalgó sin cesar el líder hacia una nueva victoria. Ya no paró. Engarzó la decimosexta. El giro perfecto. Todos los demás vecinos de la ACB vencidos de seguido. Uno tras otro. Terrorífico.
La mañana que el Baskonia se tomó cumplida venganza del vecino donostiarra, el Buesa Arena amaneció con el minuto de silencio más solemne que se recuerda. Porque todo el pabellón sentía como suya la pérdida de Michelle Splitter. Tiago -el referente fuera y dentro de la cancha; un coloso deportivo y un señor cuando se disfraza de paisano- aguantó como pudo el cariño de su ciudad. De su gente. Sé fuerte Tiago.
Quizá impresionados por esa imagen, sus compañeros comparecieron ausentes. Sin chispa. Sobrepasados debido a su defensa ocular. El visitante, en el otro extremo del termómetro, aprovechó la coyuntura. Sin embargo, a pesar de lo excelente de su propuesta su máximo beneficio se quedó en cinco puntitos (16-21, minuto 10).
El gozo donostiarra duró lo que le costó a Ivanovic sacudir su quinteto. Dio entrada a Barac por un desafortunadísimo McDonald empeñado en recolectar faltas, recurrió al microondas Vidal, también reparó en las ganas de San Emeterio o que, sin el faro de Splitter y con el cuentakilómetros desbordado, Prigioni necesita mimos. Si luego Ilievski es capaz de abandonar su tono políticamente correcto pues todo sale a pedir de boca.
Embriagado de confianza
Una sacudida justo antes del intermedio, con Ilievski y San Emeterio embriagados de confianza, alcanzó para devolver la cordura. Fue un parcial de 9-0. Suficiente. La lluvia de manotazos desorientó al Bruesa, a quien empezó a costarle pensar cada vez que tenía el balón.
Esa presión defensiva, el instinto asesino que define a este equipo y la posterior incorporación de Mickeal -de nuevo durante gran parte del tiempo ubicado de 'falso pívot'- no hicieron sino horadar aún más la coraza guipuzcoana.
Se repitió la historia de pasados encuentros en el Buesa Arena, que provoca un auténtico miedo escénico a la mayoría de los rivales. El rival, encogido, puso la otra mejilla. Y el Baskonia, enaltecido a cada acierto, sacó los colmillos. La brecha crecía y crecía. Regocijo en el bando azulgrana. Indignación en el donostiarra. No en vano, un sector de la afición visitante demandó la marcha de Pablo Laso, olvidando que sus pupilos son los que hacen las canastas. Mientras, ajeno a ese soniquete, el TAU certificaba la mejor racha de su historia.