La crisis amenaza con agudizar el conflicto entre los vecinos del Casco Medieval y los hosteleros de la zona. EL CORREO ha patrullado este fin de semana por las calles de la 'almendra' medieval que concentran el ocio nocturno y ha constatado que ocho de cada diez bares rebasan el horario de cierre fijado por el Gobierno vasco, la una y media de la madrugada. Los responsables de los establecimientos argumentan en su descargo que «o estiramos la jornada o nos arruinamos».
La polémica está más latente que nunca en el corazón de la capital alavesa, convertido cada fin de semana en escenario de una pugna de intereses contrapuestos. Los residentes defienden su derecho al sueño; los hosteleros, a sacar adelante sus negocios; y los jóvenes, a pasarlo bien en una ciudad que consideran «muerta» porque, aseguran, «echa la persiana muy temprano en comparación con otras ciudades».
Argumentos todos ellos recurrentes en un tira y afloja que hace sólo tres meses vivió uno de sus puntos álgidos. Tras una actuación intensiva de la Policía Municipal para hacer cumplir los horarios a golpe de multa, cientos de jóvenes convocaron una sonora protesta en la Virgen Blanca que se saldó con el destrozo de una exposición fotográfica de Periscopio. Aunque vergonzante, el suceso generó un debate público sobre la posibilidad y la conveniencia de reclamar al Gobierno vasco la ampliación de la actividad de los bares.
En este compás de espera, dos reporteros de este periódico recorrieron el sábado por la noche el epicentro de la marcha vitoriana para comprobar, a pie de calle, el grado de cumplimiento de la normativa horaria. El resultados de la 'inspección' es elocuente. El 80% de los establecimientos no cierra a la hora decretada, la una y media de la mañana para los viernes, sábados y vísperas de festivos.
En total, el barrido permitió controlar a un total de 92 locales. De ellos, únicamente 18 negocios -esto es, casi un 20%-, acató la Ley y echó el cerrojo noventa minutos después de medianoche. El resto, nada menos que 74 bares, optó por tentar a la suerte y continuar la fiesta hasta el punto que, pasadas las dos y media de la madrugada, cerca de una treintena de establecimientos se resistía a despedir a su clientela.
Y es que, a pesar de la gélida noche y de la capa de nieve que cubría las calles, fueron muchos los jóvenes deseosos de mover el esqueleto. Así, al filo de la una y media de la mañana, el ir y venir de noctámbulos por la Cuesta era constante, aunque menor que otros fines de semana. «En 'Cuchi' algunos bares ya han cerrado, así que nos vamos a 'Zapa'. Por suerte, ahí aguantan más rato. Si no, no sé lo que haríamos. Lo de esta ciudad no es normal. ¿Por qué no podemos divertirnos como en Bilbao o Pamplona, donde se cierra más tarde?», se preguntaban Oihane, Miriam y Aroa, todas de 23 años, en plena ruta nocturna.
Ronda policial
En efecto, de los veinticinco locales que se reparten en la calle Cuchillería, siete ya tenían la persiana bajada. «No nos dejan vivir, así no se puede estar, nos van a llevar a la ruina. Los bares grandes quizá puedan permitirse varias multas, pero yo no. Y a esta hora, cuando tenía el bar lleno, he tenido que echar a la gente para cerrar. Para la una de la madrugada, la Policía Municipal ya está dando vueltas por aquí. Y, en vez de darte un aviso, te multa sin más y listo», protestaba un hostelero entregado ya a la limpieza de su negocio.
El recorrido reloj en mano seguía por Santo Domingo y Pintorería, donde sólo cinco de diecinueve locales estaban clausurados al filo de las dos de la mañana. Un promedio similar se registraba en los bares situados en Portal del Rey y la Cuesta de San Francisco. No así en Nueva Fuera, con sus seis bares en pleno apogeo, al igual que los cuatro de Mateo Moraza y veinte -todos salvo uno- de Zapatería.
«Esto es un negocio, y tenemos que sacarlo adelante. Es lo de siempre, si la gente saliera antes, quizá no habría tanto problema, pero mira, un día como hoy, con este tiempo, cuando debía cerrar, tenía el bar vacío. Hasta las dos o así no hay ambiente. Así, ya me contarás qué hacemos», explicaban desde uno de los locales que apuran hasta el último minuto.
Eran las tres de la madrugada cuando los más tardíos ponían el punto y final a la velada, pese a la reticencia de algunos. «Tenían que estar abiertos hasta las cuatro o así, como en otros lugares. El ambiente empieza tarde y esto sabe a poco, y, si quieres continuar, no quedan muchas opciones», se lamentaban Jorge y Xavier, de 25 años, en medio del éxodo juvenil hacia los pubs de la calle San Prudencio.
La propuesta, a la que sin duda se suma la amplia mayoría de jóvenes, choca de lleno con los deseos de los residentes del barrio, en donde cuatro de las asociaciones vecinales denuncian el volumen de ruido y las consecuencias que a menudo llevan consigo los excesos de la fiesta. «Llevamos muchos años así y nadie hace nada», critica un integrante de Barrenkale. El presidente, Rafael Ruiz de Zárate, va más lejos. «Con la cantidad de menores que se embriagan, nos parece absurdo darles más alas. Ampliar el horario es dar más prioridad a los que molestan, cuando el descanso nocturno es vital», enfatiza.
Mejorar la educación
Su agrupación, junto con Los Arquillos, Aldapa y Ladera Oeste, se reunieron el pasado martes con el concejal de Seguridad Ciudadana, José Manuel Bully, para trasladarle sus quejas. «Nos ha dicho que va a hacer todo lo que esté en su mano y que la Policía activará más la vigilancia. Pero mira lo que ocurrió en 'Zapa', que varios jóvenes se enfrentaron a cuatro agentes», dicen con pesimismo.
Para Fernando Arrikagoitia, 'Cibeles', vecino del barrio y dueño de la librería Gaia, la solución pasa por «dar una mejor educación a la gente».