Los adolescentes tienen que afrontar muchos cambios en poco tiempo, son personas diferentes a los adultos y es mejor asumir que un cierto grado de conflicto es inevitable. A los chavales les gusta salir por la noche porque «es un acto de autoafirmación. Hay que tener en cuenta que el grupo de iguales, los amigos, empieza a tener una influencia mayor a partir de los 13-14 años. También hay un componente de exploración del mundo y de experimentación de la propia libertad sin la mirada continua del adulto». Enrique Arranz, catedrático de Psicología de la Familia, destaca que «conocer, explorar, experimentar, sentirse libre es algo natural en el proceso individual de las personas».
No hay que optar por el tremendismo e impedir que el adolescente salga para tener la conciencia tranquila o por querer tener el control absoluto de su vida social. «Esta actitud rígida demuestra muchas veces la incapacidad de los padres para dominar ciertas situaciones y rechazar el hecho de que está creciendo», apunta Erranz. Y, aunque «normalmente los padres no se equivocan acerca de lo que van a hacer sus hijos, salvo que prefieran no saber, es su obligación mantener la comunicación abierta para estar lo más al tanto posible de qué hacen y con quién». Sus hijos son la fuente de información más fiable que van a tener.
Hay que conseguir demostrarles interés por su vida social sin dejar de respetar su espacio íntimo. Y si los chavales se muestran remolones a la hora de dar explicaciones, no hay que desanimarse. Tan sólo es una fachada y la mayoría de ellos están receptivos, en el fondo, a las recomendaciones que les llegan.
Para Enrique Arranz, al igual que en época de crisis económicas como la que vivimos se activan una serie de medidas, habría que relanzar otras de tipo educativo. El psicólogo considera que tanto «la visión de los adolescentes y jóvenes actuales como vividores, poco propensos al trabajo y al esfuerzo, como la visión ampliamente difundida de los padres como permisivos y 'culpables' de esos comportamientos en sus hijos es inexacta, científicamente inaceptable y poco eficaz de cara a la solución de los problemas. Los huecos funcionales que han dejado la educación religiosa, la incorporación de la mujer al trabajo, etcétera, están sin rellenar con propuestas creativas que impliquen a todo el sistema social y que no se basen en rancias y simplistas culpabilizaciones», subraya.