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Sociedad

07.02.09 -

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Llodio vive con expectación el futuro de la cofradía, alma de su fiesta y de su identidad
Felisa, María Jesús, María Luisa, Casilda, Elisa y Regina juegan a la brisca. / J. MONTES
«Ya está bien. Que se fastidien y cambien. La mujer no es menos que el hombre». Fuera de la cofradía, las mujeres mayores, como las seis que juegan a la brisca todas las tardes en el centro de jubilados de Llodio, Casilda Zulueta, María Luisa Langarica, Elisa Puebla, Regina Espino, Felisa Rodríguez y María Jesús Martínez, tienen una opinión clara. Hay que adaptarse a los nuevos tiempos. A Adolfo Rivera, hostelero del centro, que es de los que llevan el santo en andas, le duele que a él nunca le han invitado a comer. «Y si voy, lo haré con mi mujer», dice.
La Cofradía de San Roque es el alma de Llodio. Una costumbre arraigada durante 410 años tiene un peso sentimental que marca. Todos los vecinos, sean cofrades o no, pueden hablar de ella porque sus rituales envuelven las fiestas de agosto hasta darles una singularidad excepcional. Tildada durante los años de la Transición de club de señoritos y caciques, ha superado ese sarampión para quedarse como un signo de identidad que comparten todas las ideologías.
Por todo eso, Llodio vive con expectación lo que puede ocurrir. Josune Martínez, tendera de la plaza de abastos, de 41 años, piensa como muchos que «hay que dejar a las mujeres que se apunten a la comida. Lo que pasa es que la mayoría no va a ir. Tantas apreturas no nos gustan».
De la misma opinión es Yagoba Santamaría, de 34 años. Su charcutería abastece de morcillas la víspera del día de la cofradía. «No me importaría ser cofrade. Aunque las admitan, creo que no irá ninguna mujer».
Entre los partidos, sólo la izquierda abertzale se ha posicionado a favor de un cambio y el alcalde Jon Karla Menoyo, del PNV, ha advertido de que si no se ajustan sus estatutos a la ley no se autorizará la comida en el pórtico, que es de propiedad municipal, y él mismo no asistirá. Para el parlamentario del PP y cofrade Carlos Urquijo «se ha hecho una montaña de un grano de arena. No había inquietud entre las mujeres por participar». Charo Sarasua, del PSE, admite que «hay que modificar los estatutos». Ella es partidaria de que las mujeres tengan la libertad de entrar, «pero no a empujones, sino cuando ellas quieran».
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