El Vaticano tuvo que volver ayer a justificarse y dar explicaciones sobre la polémica desatada tras el perdón al grupo cismático ultraconservador de Lefebvre, uno de cuyos obispos, Richard Williamson, había negado en una reciente entrevista la dimensión del Holocausto y la propia existencia de las cámaras de gas nazis. Es raro que la Santa Sede se vea obligada a ceder a presiones internacionales y más aún que admita un error y alegue desinformación del mismísimo Papa para explicarlo. Pero es exactamente lo que hizo ayer.
Diez días después del inicio de la crisis y tras la petición expresa de una rectificación por parte del Gobierno alemán, una nota de la Secretaría de Estado, órgano de gobierno de la Santa Sede, advirtió a Williamson de que debe condenar el Holocausto «de modo absolutamente inequívoco y público» para ser admitido en la Iglesia. El comunicado aseguró que sus declaraciones «no eran conocidas por el Santo Padre en el momento de la remisión de la excomunión» de los cuatro obispos lefebvrianos. Si efectivamente es así, lo grave o difícil de creer es que nadie le avisara antes del anuncio oficial, pues estaban en la prensa italiana al menos desde dos días antes.
Lo que revela esta crisis es, más que nada, un error de cálculo de la cúpula vaticana, que infravaloró el peso de las declaraciones de Williamson y desdeñó su componente antisemita, y una gestión negligente del delicado trámite. Por otro lado, el énfasis de los críticos de la Iglesia, que han llegado a dudar de la propia posición del Papa hacia el Holocausto, manifestada claramente en varias ocasiones, ha influido en el curso de la crisis, pero el Vaticano no ha tenido ninguna cintura. Además de reforzarse la percepción de un giro conservador, ha quedado muy cuestionada la competencia de la secretaría de Estado, cuyo responsable, Tarcisio Bertone, está ahora en España sin haber hablado del tema, y de la Curia, que arroja una imagen de desbarajuste. El Papa parece haber desistido de la idea de reformarla, pese a las previsiones iniciales, y sigue siendo un reino de taifas, muy a la italiana.
Nadie sabía nada
Los dos cardenales directamente involucrados en el asunto, Giovanni Battista Re, prefecto para la Congregación de los Obispos, y Darío Castrillón Hoyos, presidente de la comisión pontificia 'Ecclesia Dei', dijeron no saber nada ni de las declaraciones de Williamson ni de sus ideas. No obstante, las opiniones de éste de negación del Holocausto son conocidas y hasta defendió la autenticidad de los Protocolos de Sión, el falso panfleto decimonónico que sentó las bases de una supuesta conspiración judía mundial. Los propios lefebvrianos se han distanciado anteriormente de sus ideas.
Del mismo modo, el cardenal alemán Walter Kasper, responsable del consejo para la unidad de los cristianos y, por tanto, parte muy interesada en el asunto, aseguró haber estado al margen de la decisión final sobre los lefebvrianos. Anteayer, como otros exponentes de peso de la Iglesia alemana, criticó sin rodeos al Vaticano, una señal clara de malestar interno. La pregunta de muchos sectores eclesiásticos es si era necesaria tanta condescendencia con un pequeño grupo de retrógrados que celebran la misa en latín, niegan la libertad religiosa y viven en los tiempos anteriores a las reformas del Concilio Vaticano II.
La gestión informativa también ha dejado que desear, pues el fin de la excomunión se anunció con un escueto comunicado, sin que nadie explicara claramente su alcance y trascendencia. Sólo cuatro días después el Papa, obligado por la polémica, tuvo que condenar el Holocausto para despejar las dudas y detalló que el grupo disidente debía asumir el Concilio Vaticano II; y era la primera vez que lo hacía. La nota de ayer explicó por fin de forma literal que el levantamiento de la excomunión «no cambia la situación jurídica» de esta comunidad y sus cuatro obispos «no tienen una función canónica en la Iglesia».
El asunto golpea especialmente la imagen de Benedicto XVI por ser alemán y ha arrojado una sombra en las relaciones con el mundo judío, que le tiene bajo observación. En Auschwitz limitó la responsabilidad del Holocausto a «un grupo de criminales», frase que cayó como un mazazo en la comunidad judía.