No sé quién dijo en TVE que la cosa iba a ser elegante y glamurosa, porque nada más ver entrar por la alfombra verde a Corbacho vestido de Corbacho o a Mar Saura transmutada en Beyoncé ya se presagió el horror. Y eso que todavía no había bajado Carmen Machi como Cyd Charisse por las escaleras a lo musical de Stanley Donen, náufraga entre encajes y pedrería, con su primer traje de Gilda en tres tallas más, ya fueran estas de ancho, de largo o de calado.
Elegante y glamurosa no era la gala, ya lo digo, pero al menos sí era dinámica, a veces con gotitas de un mediocre humor en un guión bien soso, otras jeremíaca y retórica por culpa de la presidenta de la Academia, por cierto nada surrealista a pesar de su acertada adscripción estética a las líneas y formas de David Delfín; y otras más arriesgadísima, por culpa de esa dichosa e interminable escalera roja, cuyo descenso interpretado por Fernando Guillén Cuervo o la embarazadísima Paz Vega heló la sangre al respetable, temeroso de asistir a un esguince en directo. Menos mal que al homenajeado Jesús Franco lo metieron con su silla de ruedas por el lateral, tras su presentación por un Santiago Segura enfundado en un esmoquin dantesco, para que diera un discurso sencillo, de emoción contenida y de nostalgia libertaria. Afortunadamente, poco a poco la noche ganó en estética, en naturalidad y en glamour. De partida, Carmen Machi abordaba con mejor encaje su tercer vestido, esta vez buscando a Scarlett O'Hara.
Además, el 'Langui' sopló un aire fresco con su dialéctica hip-hop, luego una jovencísima Nerea Camacho enterneció a la concurrencia con la inocencia de una ricitos de oro y encima llegó el momento estelar, justo cuando Penélope Cruz subió al escenario triunfante y dominadora, ya sin histrionismos infantiles y con prosapia de diva, bien vestida en su ajustado 'tailleur' de encaje negro con abertura central y hasta generosa y corporativista. Además, Corbacho hizo de Corbacho con el sempiterno humor de sal gorda, esta vez enfundado en un horripilante traje de amebas azules con pretensiones psicodélicas. Y a su vez, Bonilla y Pilar Bardem hicieron de imposible pareja sainetesca, casi como colofón a una gala de los Goya llevada al sprint hasta la consagración de Fesser y el descalabro de José Luis Cuerda.