En diferentes puntos del país, empleados del sector de la energía, en refinerías y centrales térmicas, se han declarado súbitamente en huelga y se manifestan con pancartas que dicen : «Puestos de trabajo británicos para trabajadores británicos». Las primeras protestas provocadas por la crisis parecen tener un espíritu proteccionista.
La protesta comenzó en Grimsby, donde una refinería de la petrolera Total ha adjudicado la contrata para la expansión de las instalaciones a una empresa italiana que alberga a sus trabajadores, traídos de Italia, en un barco atracado en el puerto. Los sindicatos temen que las firmas extranjeras ganan contratas por los costes menores del empleo importado.
«La gente no sabe que el origen del problema es la Unión Europea, que obliga a abrir el concurso de los contratos a las empresas europeas», dice David Phipps, el presidente de la agrupación del Partido de la Independencia de Reino Unido (UKIP) en Witney, un elegante pueblo de unos 25.000 habitantes, cerca de la ciudad universitaria de Oxford.
Witney es también la circunscripción que elige como diputado al actual líder del Partido Conservador, David Cameron. Los conservadores son aquí la aplastante mayoría. De los 49 concejales que forman parte del distrito municipal que engloba a Witney, 42 son conservadores. Pero el presidente del UKIP tiene hoy un invitado muy especial.
Tim Congdon es uno de los más destacados economistas del monetarismo británico que inspiró la era de Margaret Thatcher. Fue miembro del 'panel de hombres sabios' que asesoró a la última Hacienda conservadora, autor de varios libros, profesor invitado de universidades, consultor de instituciones financieras en la City de Londres. Y en enero anunció que, si David Cameron sigue como líder de los conservadores, él votará al UKIP, que propone la retirada británica de la UE. Lo justificó en un artículo en el que exponía que, bajo el liderazgo de Cameron, los conservadores regresan al paternalismo social y estatalista de Disraeli o Macmillan, que él aborrece.
En retroceso desde 1973
Son casi las ocho de la noche de un viernes cuando Congdon se acerca finalmente al micrófono para agradecer a unas cuarenta personas, en su mayoría de edad avanzada, que hayan venido a escucharle en una noche tan fría. «¡No se oye nada!», dice alguien. En las últimas filas la gente se mira perpleja. Se oye perfectamente. Ese tipo de audiencia.
«Creo que, desde 1973, vivimos un período de retroceso y derrota de la idea de nuestro país», dice Congdon, al empezar su plática. No es en absoluto un orador populista, sino un intelectual que expone ideas como brotes que surgen de su pensamiento, que se detiene para reformular o matizar. Un orador difícil.
En 1973, Reino Unido entró en el mercado común europeo, pero Tim Congdon no se detiene ahí sino que, advirtiendo constantemente de que las cuestiones que trata son técnicamente complejas, explica rápida y brevemente, antes de someterse a las preguntas de la audiencia, que los británicos son ahora, en esta crisis, afortunados.
Porque, gracias, según él, al valor de unos cuantos parlamentarios euroescépticos en los años noventa, la libra no está en el euro y el Gobierno tiene la libertad de fijar los tipos de interés en función de sus necesidades y de aumentar su déficit, algo que las economías del euro no pueden, porque el diseño de la moneda única se basó, dice Congdon, en el horror alemán, justificado en su historia, a la hiperinflación.
No cede a la facilidad, y eso enfría a la audiencia, pero acuña también condenas tajantes. Argumenta que una causa fundamental de la crisis es que el Banco de Inglaterra dejó que creciera rápidamente la masa monetaria en los últimos años y que las cosas han ido a peor desde que el Gobierno decidió «robar los bancos a sus accionistas». «Yo defiendo la libertad del individuo y el Gobierno pequeño. A quienes defendemos esto, se nos acusa de que no nos importa la pobreza. Pero es falso. El Estado tiene que ayudar a los más pobres, pero podríamos tener una sociedad más igualitaria que la actual con un gasto público del 25% de nuestro PIB», dice.
Ecos de las protestas
Hay en Congdon, en esta noche fría de Witney, a donde llegan los ecos de las protestas de trabajadores que piden empleos británicos, algo de Don Quijote, no por loco, sino por su ensimismada persecución de su verdad. Sólo eso puede llevar a un economista próspero a pasar una velada de viernes llevando la contraria a alguien que en la audiencia sugiere que 'comprar británico' tiene ahora sentido: «Lo siento, no estoy en absoluto de acuerdo con usted».
Y, cuando alguien le pide finalmente una explicación a por qué ha llegado el país de los británicos a esta situación, la respuesta del universitario de Oxford ilustra viejos conflictos domésticos: «Creo que es la influencia de la Universidad de Cambridge, donde en los años treinta había muchos izquierdista y comunistas, a los que queda la idea del control por el Gobierno».
Tras predecir que el euro se romperá por las tensiones de esta crisis o que habrá que renegociar sus términos -«y veremos qué sale de ahí cuando se negocie en medio de este horrible desorden»-, que Irlanda, con su colapso económico y su referéndum sobre el Tratado de Lisboa es el candidato principal para iniciar el éxodo, confiesa, en la conversación privada, también sus dudas.
No sabe, en fin, si votará al UKIP o a los conservadores. La dirección de la UE... sus investigaciones le dicen que, en Estados Unidos, las crisis se zanjaron con más centralización. En el salón sin gracia de Witney, no hay locura; simplemente las dudas y dilemas que sacuden la política británica ahora mismo.