A sólo cuatro zancadas de la fábrica más potente de Euskadi malvive el clan más polémico de Vitoria en un destartalado edificio que a punto ha estado de llevárselo por delante el ciclón de la semana pasada. Son cincuenta adultos y treinta niños que resisten en una casa comida por la humedad, las grietas y la suciedad, en el 68 de la Avenida de los Huetos; la excepción de una comunidad gitana de 3.000 personas cada día más integrada en la ciudad bajo el paraguas de la asociación Gao Lacho Dromo. El Ayuntamiento ya no sabe qué hacer con esta familia que no quiere ni oír hablar de dispersarse por distintos barrios de la ciudad.
Hace un año, el Gabinete Lazcoz anunció su firme decisión de realojarles y borrar del plano de una de las ciudades españolas con mayor calidad de vida este 'lunar'. Pero, como les pasó a los ex alcaldes José Ángel Cuerda y Alfonso Alonso, el equipo del regidor socialista no da con la solución. Técnicos municipales empezaron a tasar estas viviendas para comprobar su valor y si sus residentes son sus propietarios. Con estos datos en la mano pretendían cerrar un acuerdo, a base de permutas o compras en medio de un generalizado rechazo vecinal. Los 'bartolos' aseguran que la última visita municipal data de verano. Desde entonces, «no han vuelto. Nos dijeron que nos iban a llevar a Salburua o a Zabalgana pero ahora ya ni nos cogen el teléfono», se queja María, la mujer del patriarca Bartolomé Cortés.
La versión municipal es muy diferente. Ni el traslado de estas familias ha caído en el olvido ni les buscan pisos en los nuevos barrios nuevos de la ciudad. «Esto hay que hacerlo despacito, con buena letra y discreción para dar con la mejor alternativa», apuntaba esta semana un portavoz de Asuntos Sociales. «Seguimos buscando una solución», insisten las mismas fuentes dejando muy claro que no irán «a ninguna comunidad de vecinos».
María, la voz más fuerte y crítica del clan, asegura que se trata de puro racismo. «La gente no nos quieren. Mira cómo estamos y nadie nos hace caso», se lamenta señalando las 'heridas' que dejó el temporal de hace siete días.
El viento y la lluvia lograron lo que no había conseguido nadie: echarles del edificio. Las ocho familias tuvieron que «escapar» la noche del viernes madrugada y vagar hasta el sábado por la ciudad en busca de cualquier refugio que les proporcionara más seguridad que su propio hogar. «Los niños no paraban de llorar, tenían miedo, pensaban que la casa se nos venía encima... Por eso salimos a la calle, no podíamos pegar ojo de lo fuerte que soplaba», cuentan varias mujeres.
«Nos han engañado»
Una esquina de la fachada yace en el suelo y una valla publicitaria se apoya, completamente doblada, sobre una furgoneta. «No podemos seguir viviendo así. Que hagan algo», clamaban ayer.
«Nos han engañado. No están haciendo nada de lo que nos prometieron», reiteran. Están convencidos de que la táctica municipal pasa por que el bloque termine cayéndose a pedazos. Mientras, los críos «lloran cuando les lavamos con agua fría». Tampoco tienen un parque donde corretear y su zona de juegos se limita a una acera, a pie de carretera y hundida, y a un descampado plagado de maderas, envases vacíos y hasta bombonas de butano. Uno de los patios más sucios de la ciudad que linda, paradójicamente con el mercado de mayoristas, lo que ha propiciado más de una vez la intervención municipal.
«Yo tengo hijas en Bilbao. Las llamó y les digo cómo está esto y se me ponen a llorar», cuenta María. El traslado debe producirse, en su opinión, «ya mismo» aunque ellos barajan otras opciones. «Si nos arreglaran los pisos y la fachada, preferimos quedarnos antes que irnos a otro sitio. Es nuestra casa de toda la vida», reconocen mientras repasan con la mirada su desconchado hogar al que llegaron hace más de veinte años.