La economía bate cada día récords negativos. El 3,8% que cayó el PIB de EE UU en el último trimestre del año supone la mayor desaceleración desde el arranque de 1982, cuando el descenso fue del 6,4%. «Es la peor contracción en cerca de tres décadas», tradujo Barack Obama. «Esto no es sólo un concepto económico, es un continuo desastre para las familias trabajadoras de EE UU».
El presidente anticipó la alarmante cadena que seguirá a estos datos y que se convertirá en un círculo vicioso con aún peores cifras: «Las familias comprarán menos, los negocios invertirán menos, los empleadores sostendrán menos puestos...» El año pasado se perdieron 2,8 millones de trabajos, y eso no es nada para lo que depara el 2009. Sólo esta semana se han anunciado 150.000 puestos menos.
Las empresas culpan a los sindicatos, que a su juicio no están cediendo lo suficiente para permitir aligerar el peso de las nóminas, pero ayer Obama les lanzó un cable de ayuda: «No veo al movimiento obrero como parte del problema, sino como parte de la solución», sentenció. Sus invitados en la Casa Blanca prorrumpieron en aplausos: eran los senadores de estados muy afectados por la crisis, como Michigan y Ohio, empresarios, economistas y sindicalistas. Entre todos formarán un grupo de trabajo, encabezado por el vicepresidente, Joe Biden, que propondrá medidas para favorecer a la clase media.
Más derechos laborales
No eran sólo palabras. Obama firmó una batería de decretos para proteger la vitalidad de ese movimiento laboral que defendió frente a la patronal y revertir así una serie de medidas aplicadas por George W. Bush para cortarle las alas. Extremos como que los contratistas del Gobierno informen a los trabajadores de sus derechos sindicales, o vetar a aquéllos que intentan influir en la formación de los sindicatos son desde ayer una realidad.
Por dramática que haya resultado la caída del PIB, ha sido mejor que el 5,5% que estimaban los analistas de Wall Street, al que aún se puede acercar cuando se revise la cifra en los próximos meses. Sin el plan de estímulo que el Gobierno intenta aprobar en el Congreso, economistas como Laurence Meyer, ex gobernador de la Reserva General, estiman que la economía se hundirá hasta el 9,5% o más.
Obama mantiene el optimismo, pero sabe que necesitará mucho más para sacar al país de la crisis. El problema original, la congelación de los préstamos bancarios, persiste pese a las multimillonarias inyecciones de capital que el Tesoro ha metido en las arterias financieras. El dinero parece haber sido utilizado para aumentar su liquidez, no para reactivar el crédito.
Por eso el segundo plan del Gobierno es la creación de un banco de deuda tóxica que compre a los bancos los activos creados con las hipotecas 'subprime', difíciles de evaluar. Biden dijo a la prensa que su intención es utilizar la segunda mitad del paquete financiero aprobado en octubre, aunque admitió que probablemente necesitará más.
Mucho más, se temen sus colegas en el Congreso. Según Charles Schummer, miembro del Comité Bancario del Senado, la factura sería de entre uno y cuatro billones de dólares, y lo que queda son 350.000 millones. «Una vez que veamos si podemos darle un empujón para que el sistema eche a andar, decidiremos qué más se necesita», insistió Biden. No es la única propuesta que el Gobierno consideraba ayer, en frenéticas reuniones con Wall Street, pero el anuncio no se dará al menos hasta el lunes.
Ni siquiera uno de los hombres más ricos del planeta, Bill Gates, escapa de los efectos de la crisis. El fundador y ex presidente del gigante informático Microsoft admitió ayer, durante su intervención en el Foro Económico Mundial que se celebra en Davos (Suiza), que la fundación benéfica que dirige junto a su mujer, Melinda, ha perdido una quinta parte de su valor. En declaraciones a la BBC, Gates añadió que podrían pasar cuatro años antes de que los países vuelvan a tasas de crecimiento positivas, y manifestó que la inversión en ciencia y tecnología será determinante para la recuperación económica.