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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 14 febrero 2012

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DE CUANDO EN CUANDO

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H ace unos días, mientras me dedicaba al primer placer de la jornada (desayunar leyendo nuestro periódico) me enteré del suceso ocurrido en la localidad de Durango. Un cliente entró en un bazar chino, llevando una escopeta de cañones recortados, pero su intento de atraco terminó mal. Mal para el atracador porque un cliente rumano, ayudado por el dueño de la tienda, trincaron al ladrón -trincar es sujetar a alguien con los brazos como amarrándole- y lo pusieron a disposición de la Policía.
El suceso me hizo recordar otros dos atracos frustrados que guardo en mi colección de sucesos curiosos, porque también terminaron bien y mal, como el que acabo de referirles. Mal para el atracador o atracadores que tuvieron que salir huyendo, y bien para las víctimas que no sufrieron daño ni físico ni económico. Se lo cuento a continuación.
El primer caso se dio en un estanco del barrio bilbaíno de Deusto, donde entró el atracador con arma blanca exigiendo a la estanquera el dinero de la caja registradora. Pero el delincuente no contaba ni con los nervios de la víctima ni mucho menos con la potencia de sus cuerdas vocales porque la estanquera, aterrada ante las amenazas, y siguiendo el impulso incontenible de sus nervios, comenzó a proferir unos gritos tan desaforados que el atracador se asustó y optó por una prudente y veloz retirada.
El segundo caso tuvo por protagonista a mi amigo José, que tenía una pequeña relojería en una lonja situada en los bajos de mi propia casa. Allí entraron dos atracadores, también con armas blancas y con ánimo de conseguir un buen botín de relojes, pero tampoco en este caso contaron con los imponderables. Es decir con un imponderable, porque mi amigo José tenía un estoque de esgrima en la trastienda, que no dudó en empuñar con firmeza y se enfrentó a los atracadores.
Y los atracadores, calculando a simple vista la diferencia que existe entre una navaja y un estoque, no lo dudaron un momento: se dieron a la fuga perseguidos por mi amigo el relojero, que emuló en plena calle las hazañas de los tres mosqueteros.
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