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DIRECTOR DE CINE

El filme 'Hoy no se fía, mañana sí' descubre la red de confidentes a sueldo en el franquismo

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Francisco Avizanda: «La delación siempre es repugnante»
El director navarro Francisco Avizanda, ayer en Bilbao, empezó su carrera a finales de los años 70. / LUIS ÁNGEL GÓMEZ
El sereno, una prostituta, el portero, la dueña de la pensión... Durante el franquismo, cualquiera podía ser un delator. Bajo el inocente nombre del Servicio de Documentación de la Presidencia del Gobierno, se escondía el servicio secreto del Régimen, que reclutaba confidentes en todos los estratos sociales. España era un país de silencios y miradas furtivas. De chivatos y ejecuciones al alba.
Francisco Avizanda (Isaba, 1955) arremete en su ópera prima contra «la política de desmemoria que arranca a finales del franquismo, cuando se quemaron archivos como el de Falange en Barcelona por orden de Martín Villa». 'Hoy no se fía, mañana sí' dibuja la sordidez y miseria moral de un tiempo a través de las vivencias de una mecanógrafa confidente de la Policía. El filme, ambientado en el Madrid de 1953, se estrena el 13 de febrero.
-En apariencia, el servicio secreto franquista no existió.
-Sabemos por miembros del Cesid como Juan Alberto Perote que había abundante material, casi dos millones de dossieres. Yo llegué a conocer a Luis González-Mata, un agente que estuvo en Inteligencia militar y en el Servicio de Documentación, que, por cierto, lo creó Carrero Blanco, el único, junto a Franco, que permaneció desde entonces en el Gobierno. Ocurre en todos los países: Putin fue jefe del KGB, Bush estuvo en la CIA...
-Una agencia formada por ciudadanos anónimos.
-La ecuación es simple: información por prebenda. El franquismo organizó un tejido impresionante de informadores: taxistas, bedeles, porteros, falangistas... Tenían información de todo. A los más comprometidos se les pagaba cantidades nada desdeñables. El propio Ejército y la Guardia Civil daba pluses por informaciones. Hoy sabemos que el Partido Comunista y los grupos anarquistas estuvieron trufados de confidentes.
-Retrata un país que vive una paranoia colectiva, donde cualquiera puede denunciar al vecino.
-Quería crear una atmósfera que sirviera de marco al retrato de una mujer. Un estado de suspensión de una época donde no se hablaba o se hacía con medias palabras, donde había un miedo cerval a cualquier tipo de cuestión sobre el estado de las cosas. La gente quería creerse las promesas de un mañana inmediato de libertades y mejoras económicas. Me interesaba llegar hasta los 50, cuando el Régimen da un giro y termina con la autarquía para salir de la quiebra.
-Gilda, la protagonista, existió.
-Me la encontré entre los papeles. Se llamaba Gilda Novás y era confidente. Su nombre puede evocar a Rita Hayworth, pero era un nombre frecuente en la época. Ella representa a esa España superviviente, huérfana, con los ecos de los pelotones de fusilamiento resonando en sus oídos. Un tiempo de una paz sepulcral.
-Gilda ni siquiera disfruta del sexo.
-La ambición y el deseo suelen ir por caminos distintos. Es duro reconocer que no funciona ese ideal tan burgués del amor y la pasión. Gilda quiere un buen matrimonio y gozar del sexo. Y eso a veces no coincide.
«Confío en el público»
-¿La delación es disculpable en los regímenes totalitarios?
-No. La delación siempre es repugnante, poner a alguien a los pies de los caballos para medrar económicamente... Se ha dado en todas las dictaduras: España, Chile, Argentina...
-'Hoy no se fía...' coincide en la cartelera con otros filmes que recuperan la memoria histórica: 'La buena nueva', 'Los girasoles ciegos'...
-Pero de los años 50 apenas hay películas. La mayor parte se colocan en el lado de los vencidos y transcurren en la propia guerra o en los años 40. No hemos visto, por ejemplo, que hasta los 50, cuando la Iglesia más puritana llega al poder, la prostitución y el juego eran legales.
-Usted ya rodaba documentales durante la Transición. Debutar con un largo a sus 53 años es insólito.
-Yo empecé muy jovencito con el cine militante. Rodé cortos de ficción, documentales en Televisión Española -cuando Televisión Española quería contar cosas-, historias de vida salvaje en Kenia y Tanzania, publicidad... Hasta he firmado la última película en 70 milímetros hecha en España, sobre Salamanca capital cultural. ¿Por qué no rodé un largo hace veinte años? La vida es una sucesión de casualidades. Quizá ahora tocaba.
-Estrena en un momento difícil una cinta sin estrellas, con poco dinero para publicidad...
-Confío en el público en esta lucha feroz por las cuotas de mercado. Contra todo lo que se dice, el cine sigue siendo colosal desde el punto de vista económico, el segundo negocio después de las armas en EE UU. La industria se tiene que defender porque es el único sector que no está lo suficientemente salvaguardado. No se entendería que importáramos los coches americanos, pero ellos se pasean como Pedro por su casa sin contrapartidas. Sólo debe cumplirse la ley.


o.belategui@diario-elcorreo.com
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