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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 14 febrero 2012

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Vecinos del getxotarra barrio de Los Puentes exigen soluciones inmediatas después de que las frecuentes crecidas del Gobela hayan convertido su rutina en un sinvivir

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No sólo el cauce del Gobela. También los nervios de algunos vecinos rebasaron ayer el límite de lo normal en Getxo. Y eso que el desbordamiento del río sólo causó los habituales daños. Pero en los bajos de Salsidu -también llamado Los Puentes-, cualquier elevación del nivel del agua, por pequeña que sea, hace revivir la peor de las pesadillas: las inundaciones del 1 de junio de 2008, cuando un torrente anegó las viviendas hasta alcanzar el metro de altura.
Eran las 13.30 horas y el Gobela había crecido unos pocos centímetros hacia el camino de acceso a los bloques del algorteño barrio de Los Puentes. Horas de angustia habían precedido a ese momento y era mucha la tensión acumulada. Varias mujeres rompieron a llorar quién sabe si por desahogo o por impotencia -tal vez por las dos cosas-, mientras sus convecinas las abrazaban para tratar de consolarlas. La escena llegó a adquirir tintes de tragedia. No en vano, nadie sabía en qué podía acabar esta vez la emergencia, a falta todavía de cuatro horas para la pleamar de la tarde.
La alerta se había disparado muy pronto por la mañana entre los vecinos de Los Puentes. Hacia las siete de la mañana, los móviles empezaron a pitar con el mensaje de '¡Alarma río!', un negro protocolo establecido por ellos mismos y que se ha activado hasta cuatro veces en ocho meses. Nada más recibir la consigna, los afectados por la pasada riada empezaron por llevar sus coches a la parte alta, lejos de sus casas, para después poner colchones, muebles, electrodomésticos y la ropa a salvo en los cajones de arriba de sus armarios o en los pisos superiores de los edificios.
Marta Uriarte, residente de un bajo, hasta alertó a los responsables municipales, quienes luego desplegaron una incesante actividad para visitar las zonas amenazadas de la vega de Fadura y Larrañazubi. Lo peor llegó a las 13.30 horas, cuando los agentes de la Policía Municipal comenzaron a cargar sobre sus espaldas a algunas mujeres y niños hasta la zona seca.
La escena llevó a Asun Blanco a rememorar viejas angustias y, presa de un ataque de nervios, rompió a llorar. «Llevo levantada desde las cinco de la madrugada y tengo miedo. Sólo hace mes y medio que hemos vuelto a casa después de perderlo todo en la inundación de junio. Luego, lucha con los seguros, batalla con los gremios para que te hagan la obra... Me he metido en un crédito para pagar la reforma, porque no llegaba con el dinero que me dieron los seguros. Es siempre lucha y más lucha, y mira...», apuntaba hacia la ventana de su piso, un bajo situado en Los Puentes y amenazado nuevamente por las aguas.
Para entonces, el río llegaba a la fachada de su bloque. Su hijo, Ashley Fenton, remachó la queja materna con un apremio: «No podemos vivir en estas condiciones. ¡Que nos realojen de una vez! Por lo menos, hasta que arreglen el cauce del río y eviten el peligro».
Tampoco Arantza Gutiérrez podía soportar la angustia: «He intentado poner las cosas a salvo en casa, pero esto es desesperante. Visto lo visto, no vamos a poder vivir así dos años más, hasta que hagan las obras de la Agencia Vasca del Agua (Ura). Lo ideal sería que nos saquen de estas casas», apoyó.
Lo peor de todo es que ni siquiera el macroproyecto planteado por esta institución, y cuyo presupuesto asciende a 18 millones de euros, salvará el barrio de Los Puentes, que seguirá siendo el único punto negro donde los bajos no estarán a salvo de las crecidas del Gobela.
En el cercano Bar Avenida, a cuyo abrigo los vecinos trataban de combatir el frío, la humedad y la tristeza, se quejaba Trini, la dueña, de la falta de medidas preventivas, y de la suciedad del río, agudizada por el temporal del pasado fin de semana. «Después del ciclón, han limpiado de ramas la playa de Arrigunaga y Zugazarte, pero nadie ha limpiado el río, ¡así que mira lo que pasa!».
Inoperancia
En medio de una atmósfera generalizada de hartazgo y pesadumbre, sólo algunos se atrevían a levantar la voz para protestar por la inoperancia de una Administración «incapaz» de resolver un problema que dura ya tres décadas. «No creo que sea tan difícil quitar toda la maleza que se acumula cerca del cauce y poner en marcha algunas obras urgentes. ¡Sólo hace falta decidirlo de una vez. Parecemos vecinos de segunda!», censuraba un cliente del bar. Pero estas obras insistentemente reclamadas tendrán que esperar, a la espera de la gran obra planteada por Ura.
La única buena noticia del día fue que la lluvia cesó pronto y, al final, el agua se quedó a las puertas de los hogares para afectar únicamente a algunos portales, garajes, trasteros, lonjas, txokos y huertas de Avenida Los Chopos, Salsidu, Aldapa y Larrañazubi. Los daños fueron limitados. Nada que ver con los destrozos millonarios de la pasada primavera.
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