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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 14 febrero 2012

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Las Siete Calles temían otro agosto del 83 y quedaron desiertas hasta que la marea remitió

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El Casco Viejo no olvidará el 27 de enero de 2009. Será una fecha más que añadir a la historia de sobresaltos que de vez en cuando arrastra la ría. A mediodía, el fantasma de las inundaciones de 1983 empezó a pasearse por las Siete Calles y acongojó a comerciantes, hosteleros, centros de estudios y a la vida en general que hace palpitar al corazón de Bilbao. La imagen de carreteras anegadas y garajes inundados estaba en la retina de todos ellos desde primera hora. De hecho, el enrabietado caudal de la ría daba cuenta de todo lo que el agua había conseguido arrancar en otros municipios antes de alcanzar el Arriaga. Sin embargo, fue a mediodía cuando los peores temores tomaron cuerpo y el Casco inició unas horas vertiginosas para ponerse a salvo de la marea.
El mercado de La Ribera no pudo evitarlo. «A las doce ha empezado a brotar agua por los sumideros de la zona de pescado y la Policía Municipal ha ordenado el desalojo», explicaban minutos después los responsables del puesto 41. Mientras unos daban vueltas a los daños que podrían padecer si la ría no se calmaba antes de la pleamar, otros se apresuraban a meter todo el género que podían en las furgonetas. «Pero queda mucho en las cámaras y, si se inundan, perderemos todo», se dolían. En el acceso de mercancías, el agua llegaba ya hasta la rodilla.
Con la desazón instalada en el estómago, los comerciantes se alegraban de que, «al menos, tenemos menos pescado que de costumbre, porque la flota ha estado amarrada por el temporal». Pero censuraban que «ni un solo empleado municipal ha venido a echarnos una mano. Estás a tu riesgo y ventura, y ¡búscate la vida! Levántate a las cuatro de la mañana para que luego te pase esto», lamentaban.
Al tiempo que los tenderos de La Ribera cruzaban los dedos para no volver a ser el epicentro de un desastre, las Siete Calles se convertían en un ir y venir de escolares. Por orden del Consistorio, todos los centros educativos cercanos a la ría fueron evacuados. En el colegio Múgica trataban de controlar a la una de la tarde que la salida de los niños fuese segura. «El día ha comenzado con normalidad, pero, tras el recreo, nos han pedido que avisáramos una por una a las familias de los alumnos», explicaba el profesor Manuel Colina. Los pequeños se lo tomaron «con mucha calma», aunque algunos padres llegaban con el susto en el cuerpo. «Vengo acelerada porque además no me dejaban salir del metro y temía encontrarme un desastre», comentaba Neri Gálvez, con su niña ya de la mano. Un 'bilbobus' aguardaba en la puerta del centro por si alguna familia no llegaba a tiempo.
Las cosas pintaban mal, pero la pesadilla del 83 se hizo realmente presente entre los comerciantes cuando la Policía Municipal les recomendó abandonar sus locales. Las persianas se pusieron a media asta y dentro empezó un trasiego acelerado de género. No podía quedar nada a una distancia imprudente del suelo y las puertas se protegieron con toallas, cartones, cajas, tableros... Los más precavidos llegaron a levantar muros de ladrillos. Fue el caso de Mundo Piel. «Inauguramos la tienda el sábado y hoy nos dicen que se va a desbordar seguro. Hemos pasado mucho miedo», confiaba su propietaria.
El Casco Viejo estaba desierto a primera hora de la tarde. Los comercios y las calles, vacías. Sólo algún bar tenía clientes pendientes de los telediarios. A las cinco, hora temida de la pleamar, muchos comerciantes prefirieron comprobar a las puertas de sus establecimientos si la historia se repetía. «Ya perdí la tienda en el 83», recordaban en la joyería Valle de la Ribera. «Nos hemos enterado más tarde del peligro que en Bidebarrieta y Correo, pero nos ha dado tiempo a subir todo el género al segundo piso. Ha sido un susto tremendo». Las Siete Calles empezaron a revivir a las seis, cuando la ría demostró un poco de piedad.
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