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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 14 febrero 2012

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psicosis de inundaciones

El agua procedente del monte Arraiz y las torrenciales lluvias inundaron portales y lonjas de la calle Gordóniz

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«Cada vez que llueve, nos ahogamos»
El agua dejó un rastro de lodo, que obligó a los limpiadores a emplearse a fondo. / MIREYA LÓPEZ
La avalancha de agua castigó con especial inquina al barrio de Rekalde. Hacia las diez de la mañana la calle Gordóniz se convirtió en un gran embalse que alcanzaba en algunos puntos los sesenta centímetros de altura. Las intensas lluvias sorprendieron a vecinos y comerciantes que trataron de salvar sus negocios por todos los medios.
La Policía Municipal avisó por megafonía a los residentes para que retiraran sus vehículos de los garajes ante la amenaza de inundaciones. La advertencia, sin embargo, llegó tarde. En apenas diez minutos el agua procedente del monte Arraiz anegó portales, bares y una decena de comercios. «Ha sido todo muy rápido. En cinco minutos el agua ya nos llegaba hasta la rodilla», señala Pilar Román, vecina del número 55 de la calle Gordóniz, todavía con el susto en el cuerpo.
El Ayuntamiento proporcionó a los comerciantes tablas de madera y sacos de arena para que el agua y el barro no se colasen dentro de las lonjas. Una «gran ayuda», según destaca Ana, propietaria del bar Arrate. «Se han portado de maravilla. Nos han ayudado a sacar el agua y a limpiar», comenta.
«Más cañerías»
Pero los tablones no llegaron a todos los establecimientos. La rapidez con que el agua sumergía lo que encontraba a su paso dibujó el temor en los rostros de los vecinos, al tiempo que ponía en serios aprietos a los vendedores de la zona. El agua invadió la tienda de muebles de Ricardo Zamorano en apenas veinte minutos. «Era imposible ponerle freno», recordaba ayer Alex, el hijo del dueño, quien sólo pudo salvar los productos que descansaban en las baldas más altas. Hasta las siete de la tarde, la familia no terminó de achicar agua. El barro dejó su huella en electrodomésticos y sofás, que quedaron completamente inutilizados. «Está todo perdido», afirmaba el propietario desolado.
Su desconsuelo no es nuevo y lo comparten muchos otros vecinos. La de ayer fue la segunda inundación en menos de un año. «Nos toca siempre. Es una esquina maldita, y no hacen nada por solucionarlo», insiste Ricardo Zamorano, que ya no se siente con fuerzas para seguir con el negocio. «Me voy a jubilar. Lo mejor es dejar la tienda porque es la tercera vez en poco tiempo, y esta vez ha sido peor que cualquier otra», lamenta resignado.
Más suerte tuvo la farmacia de Francisco Fernández, ubicada en la acera de enfrente. «Hemos intentado protegernos con una arqueta, y el agua no ha subido tanto, explica. También Fernández tuvo un recuerdo para las riadas del pasado 1 de junio, al tiempo que pedía al alcalde Azkuna más cañerías para la calle Gordóniz. «Cada vez que llueve, nos ahogamos», protesta. Entretanto, los rsidentes no perdían de vista el cielo, sabedores de que un repunte de las precipitaciones podía convertir en tragedia lo que de momento sólo había sido un gran susto. Finalmente, la sangre no llegó al río.
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