Krysztof Penderecki (Debica, 1933) es uno de los compositores más respetados de las últimas décadas. Crítico en un país y un tiempo (Polonia en los años cincuenta y sesenta) en los que serlo conllevaba un riesgo, a Penderecki el Gobierno de Varsovia le negó durante seis años el visado que solicitó para ir a estudiar al extranjero. Su última oportunidad pasaba por un concurso cuyo primer premio era precisamente un pasaporte y se presentó con tres obras firmadas con nombres diferentes. Ganó los tres primeros premios, así que se llevó el visado y una bolsa de viaje de... 25 dólares. Viajó a Italia, donde conoció a Luigi Nono, y comenzó así su carrera de compositor, primero en la vanguardia más exigente y luego con la mirada vuelta hacia las formas clásicas. Mañana y pasado, este ganador del Príncipe de Asturias de las Artes en 2001 dirige a la Sinfónica de Euskadi en el Kursaal de San Sebastián, con dos de sus obras en los atriles ('De natura sonoris Nº 1' y 'Concierto para trompa y orquesta') junto a la Sinfonía Nº 3 'Escocesa' de Mendelsshon.
-¿Qué diferencia existe para usted entre dirigir obras suyas o de otros compositores?
-No mucha. Incluso podría decirle que dedico más horas a preparar mis obras que las de otros compositores que he dirigido en más ocasiones.
-¿Qué le parecen las versiones que otros directores hacen de sus obras? ¿Preferiría que algunos no las abordaran?
-Cualquiera puede hacerlo, porque están publicadas. De hecho, muchas veces ni siquiera sabes si están programadas y quién las va a dirigir. Pero le voy a contar algo: en los años setenta empecé a dirigir porque no me gustaban las versiones que de mis obras hacían algunos directores. El problema venía de que yo les dejaba mucha libertad y tomaban caminos que no me satisfacían. A partir de ese momento, además, empecé a hacer anotaciones mucho más rigurosas en las partituras y mejoró la interpretación.
-Su música ha sido muy utilizada en películas. ¿Qué ha aportado el cine a la clásica?
-En el caso de mi obra, no le ha aportado nada. Compuse algunas piezas para el cine hasta 1964 y lo dejé. Después, algunos directores han cogido piezas mías y las han incorporado a sus filmes, a veces usándolas bien y otras no tanto.
Vanguardia y tradición
-También es uno de los últimos grandes compositores de música religiosa. ¿Es un género que se extinge?
-Mi música no es religiosa en el sentido de que no está pensada para la liturgia, sino para la sala de conciertos. Mi 'Credo', por ejemplo, dura una hora, lo que la convierte en no interpretable durante una misa. Pero sí parte de una tradición religiosa, como pasa con la Misa Solemnis de Beethoven. El hecho de que en Polonia la Iglesia apoyara la lucha por la libertad ha hecho que allí tenga más influencia, en la sociedad y en el arte, que en Europa occidental.
-Usted comenzó subido a las vanguardias y luego evolucionó hacia formas más clásicas.
-La vanguardia, si entendemos por ella un movimiento que se desarrolló sobre todo en los cincuenta, tuvo un principio y un fin. Para mí eso ya ha pasado, aunque es cierto que algunos siguen con una vanguardia que creo que ya debe ser de segunda o tercera mano. Yo quiero hacer cosas nuevas volviendo a las raíces, a las sinfonías, por ejemplo.
-Por cosas como esa algunos le acusaron de traición. ¿Qué opina de ello?
-No me importa lo que se diga. Nadie fue más lejos que yo en el uso de algunos lenguajes. Ahora no quiero repetirme.
-Tampoco ha vuelto a componer música en recuerdo de las grandes tragedias, con todas las que sigue habiendo. ¿Por qué?
-Es cierto que hice algunas obras sobre las tragedias de la Segunda Guerra Mundial. Pero son sólo tres en un catálogo de 120. No me gustaría convertirme en un músico político. La música es algo más.
-Pero, siendo un ciudadano de su tiempo, se verá afectado por los dramas que ocurren a su alrededor.
-Claro, porque además he vivido tiempos muy difíciles. Si hubiese nacido en Nueva Zelanda, seguramente mi música sería distinta.
-Aunque mientras compone, lo que tiene a su alrededor es el jardín de su casa. ¿Qué importancia tiene la naturaleza en su obra?
-Tengo más de 16.000 brotes de árbol en mi jardín y los veo crecer cada día. Eso lo reflejo en mi música, que ahora es más lírica, está más pegada a la naturaleza.
-¿Y para qué sirve la música? La suya y la de todos.
-Cuando era joven, pensaba que podría cambiar a la gente, que podría cambiar el mundo. Pero ya he renunciado a ello. El arte no cambia nada. El arte está ahí para disfrutar, o para estar más cerca de Dios, según cada uno.
-Ha recorrido casi 3.000 kilómetros para dirigir una orquesta en la que tiene un puñado de paisanos. ¿Genera eso una complicidad especial?
-No, de verdad que no. Mi música pretende trascender lo nacional y quiere ser entendida por cualquiera. Es como las matemáticas: representa lo absoluto y las entiende lo mismo una persona que otra, con independencia de su lugar de nacimiento y su lengua.