La virulencia de un invierno obstinado en mostrar todos sus colmillos puso ayer contra las cuerdas a una ciudad que, por momentos, amagó con convertirse en una isla. Las intensas lluvias que han seguido al vendaval del fin de semana y el deshielo propiciado por una recuperación pasajera de las temperaturas desbordaron los ríos que bordean Vitoria para anegar parte de la zona residencial del Sur y poner en jaque el área industrial del Norte. Aunque la furia de las aguas no ocasionó daños personales, los materiales se prevén importantes. No en vano, a última hora de la tarde de ayer, los bomberos se afanaban en achicar el metro y medio de humedad alojada en los bajos del pabellón de Mendizorroza y, también, en Gamarra, donde el Zadorra se adueñó de las remozadas piscinas y llegó hasta la misma puerta del edificio social.
Una inquietante y relativa calma apagó la tensa jornada, que despuntó con un cielo plomizo, rabioso por seguir descargando. Lo hizo sin tregua, durante toda la noche anterior y hasta las doce del mediodía, a razón de cerca de 60 litros por metro cuadrado. Un torrente inasumible para un pantano a rebosar, incapaz de evacuar más cantidad de la que recibía. Y es que, pese a vomitar 72 millones de litros a la hora, su nivel crecía tres centímetros en ese mismo espacio de tiempo. Para entonces, todas las alarmas habían saltado ya en los despachos de los máximos responsables de la seguridad ciudadana, que empezaron a temer lo peor. «Estamos ante una situación crítica. La alerta es máxima», admitía a media mañana el concejal de Protección Ciudadana, José Manuel Bully, con semblante serio.
Para entonces, un Zadorra desbocado se esparcía por zonas de Gamarra, Betoño y Abetxuko, y buena parte de los parques periurbanos estaban ya anegados. Sus hermanos pequeños, el Errekaleor y el Santo Tomás, borraban del mapa la N-104, a su paso por Elorriaga, y el cruce de Zurbano, y llevaban su marea sucia hasta Arkaya y Arkaute. Cuando eso sucede, como ayer, los bomberos fijan la mirada en las alcantarillas de la ciudad. Temen lo que llaman la 'situación de carga'. Dado que ambos ríos son subterráneos, cuando no pueden asumir tanta caudal lo expulsan irremediablemente a través de los desagües urbanos. El fenómeno se reprodujo ayer con su habitual eficacia para inundar la zona de la ciudad más vulnerable a las crecidas, el Sur.
Evacuación en el CEA
Hasta los portales de algunas viviendas llegó el agua, indomable por las calles Álava, Vizcaya, Avenida de Olárizu, el Campo de los Palacios, Salvatierrabide, El Batán o Mendizabala. Cercados por la marea, los trabajadores del Centro de Estudios Medioambientales (CEA) tenían que desalojar la casa, situada en las faldas del monte Olárizu.
Pese a este desolador panorama, la persistente lluvia obligaba a la Confederación Hidrográfica del Ebro a aumentar el desembalse a 72 millones de litros a la hora, lo que parecía certificar la posibilidad de un desastre. Desde el Ayuntamiento, el teniente de alcalde, Juan Carlos Alonso, firmó un decreto para que todos los funcionarios estuvieran dispuestos para «cualquier tarea» y ordenó el cierre de parte de los complejos deportivos, Mendizorroza y los frontones Beti-Jai. Por su parte, el regidor, Patxi Lazcoz, de viaje en Madrid, interrumpía una reunión de trabajo para regresar de inmediato a la ciudad.
Ante las preocupantes previsiones meteorológicas de Euskalmet, el Departamento vasco de Educación decidía suspender las clases vespertinas en una docena de centros educativos situados en la zona Sur. La medida preventiva dejaba en sus casas a cerca de 5.000 niños.
El resto de la provincia tampoco se salvó del zarpazo de la crecida, que obligó a clausurar el parque natural del Gorbea. Como en otras ocasiones similares en las que el río ruge, la peor parte se la llevaron Trespuentes y Guevara, a los que el agua dejó aislados. También Víllodas, Elburgo, Ollábarre, Margarita, Guevara, Hueto Arriba y Hueto Abajo, Llodio y Amurrio se vieron afectadas por unas inundaciones que, por la tarde, llegaron a cortar un carril de acceso de la N-622 a su salida a la N-1 en dirección a Bilbao. La Diputación mantenía la alerta en este punto a la hora del cierre de esta edición.
Bien entrada la tarde, y contrariamente a las sombrías predicciones de la mañana, el cielo decretaba una tregua y Vitoria recuperaba el aliento. La ausencia sostenida de precipitaciones permitió poco a poco al Zadorra reducir cinco centímetros su caudal y, al pantano, desembalsar hasta 162 millones de litro a la hora antes de medianoche.
Aunque ni la Policía ni los bomberos han quitado ojo a la presa en toda la noche y a que Interior mantiene activo el plan de emergencias, todo apunta a que lo peor ha pasado. Pese a ello, el Ayuntamiento remitió una carta a la patronal SEA en la que le advertía del riesgo de inundaciones nocturnas en los polígonos de Gamarra y Betoño. Los meteorólogos prevén lluvias débiles para la mañana de hoy, que remitirán en la segunda parte del día.