La negra premonición de Miguel Ibáñez se cumplió. El lunes cerró la pestaña pendiente de la lluvia. Cuando la abrió a primera hora de ayer, miró por la ventana y corrió a la escalera que comunica su portal con los camarotes. Todo perdido. «Lo sabía. A las once de la mañana nos llegaba el agua hasta medio pecho», se lamentaba este vecino del número 16 de la Avenida de Olárizu.
Las setenta familias de los ocho portales pares de la misma calle -comprendidos entre los números 6 y 20- se sentían indefensos ante la falta de información. «No hemos recibido ningún tipo de alerta o advertencia de nadie. Sólo nos hemos enterado cuando nos hemos ido levantando y nos hemos avisado unos a otros», comentaban calzados con botas, entre charcos.
Lo peor es que se han llegado a acostumbrar. «Cada vez que llueve fuerte nos echamos temblar». Si no es en unas casas es en otras. Da igual. Siempre lo mismo», repetía otra vecina indignada.
La crecida de los ríos y su tupida red de arroyos del Sur, especialmente del Olárizu, fue de nuevo demasiado para una red de alcantarillado que escupía agua en vez de tragarla. En el parque de columpios, pegado a los sótanos inundados, sólo se veía la red de la mesa de ping-pong.
Sin zanahorias y libros
«Antes he sacado corriendo un saco de patatas, pero tal como está ahora yo no me meto ahí. A estas horas las zanahorias y puerros están para la basura», se lamentaba Miguel con su vecino de escalera, Luis Sobrino. Dos bloques más allá, en el número 10, la inquilina durante cuatro décadas del segundo piso sólo pudo salvar «la bicicleta de mi hijo, menos mal que me he levantado pronto. Entonces sólo cubría por la espinilla, y la he sacado como he podido. Pero todos los libros que tenía ahí se han quedado en nada».
Los residentes apuntan, como principal culpable, al mal estado de las arquetas y alcantarillas de la zona. «De haber estado bien limpias, esto no habría pasado. Con tanta gente en paro como hay y no puede hacer nadie ese trabajo», apuntaba Cecilio García, vecino del número seis desde hace 38 años. «Es cierto que otras veces hemos tenido problemas, pero esta vez ha sido la peor». agregó, sin perder detalle de las arduas tareas de varios bomberos, que intentaban sin éxito levantar una de las arquetas.
A pocos metros, un operario municipal se esforzaba, desde la entrada de los portales, en aspirar el agua y la porquería que anegó los sótanos. «¡Pero si no hace nada! Lleva un buen rato y eso no baja, mientras en la parte de atrás no lo arreglen, no hay nada que hacer», advertía un cada vez más enfadado Miguel.
Como sus amigos, Luis y Cecilio, conocen muy bien el terreno que rodea sus casas. Los tres están convencidos de que las obras de urbanización de la zona de Esmaltaciones han cegado un par de balsas que servían de 'colchón' en estas situaciones. «Como tampoco han buscado otra alternativa, ahora el agua no tiene otra salida y todo acaba aquí, es de vergüenza», denunciaron los tres.
Ante tan gris panorama, más de uno se consolaba con el futuro realojo, dentro del 'plan Renove' que el Gabinete Lazcoz tiene previsto para Adurza. Las nuevas viviendas estarán a cincuenta metros de las actuales. Pero, como apuntó una ama de casa, «si hacen las cosas bien, igual podemos olvidarnos de una vez por todas de las inundaciones».