S uele recomendarse la empatía como método de resolución de conflictos, pero a veces la empatía, es decir, la capacidad para ponerse en el lugar del otro, es un incordio, lo complica aún más todo. Comprender todas las razones no siempre aclara el panorama. A veces, por el contrario, le echa levadura a la niebla, la espesa. Hay debates, como el de la seguridad y la libertad, que no pueden resolverse por K.O., sino atinando con las dosis, como en las buenas coctelerías. De esa misma especie es el dilema entre el respeto y la diversión. Quién no comprendería al vecino de un garito, con los ojos como platos, noche sí, noche también, condenado a escuchar, insomne, a las tantas, pegadizos estribillos, ritmos chatarreros, recurrentes diálogos de borrachuzos. Quién no ha querido alguna vez también, en el otro lado, seguir un poco más, estirar en lo posible la noche.
El joven Zarracina planteaba días atrás un esencial dilema metafísico/bilbaíno, un inteligente oxímoron: provinciana metrópoli. Del estilo de aquel otro ya célebre, Pamplona y Gomorra. Si queremos ser lo más (más es más), codearnos con Berlín o Amsterdam, epatar en Shangai/Bombay y seducir a los visitantes, entonces, además de embellecer la ciudad, organizar exposiciones y estimular el comercio, deberíamos dar facilidades para la diversión. Bilbao ya no es la levítica ciudad de Blas de Otero, «húmeda de lluvia y ahumada de curas», pero tampoco se ha convertido en una juerga tropical. Debe de haber un contrato social posible entre el civismo y la alegría.
Sería una pena que las chicas de Sarri, en su municipal cruzada en defensa de la virtud y la ley, se transformaran en los intocables de Elliot Ness. Hay que velar por la seguridad de los trasnochadores, pero sin cortarles el rollo. Así cualquiera. Si se prohibieran los coches, se acabarían los accidentes de tráfico, vaya un mérito. Las leyes siempre deben cumplirse, pero nunca son inmutables. Deben ser escrutadas permanentemente, y pueden modificarse si no resuelven los dilemas. Es lo que tiene la empatía, comprendemos al insomne y al noctámbulo, a la autoridad y al dueño del local. Tal vez deberían, todos ellos, sentarse y hablar un rato. Con la música un poco más bajita, si eso es posible.