Los vientos de hasta 167 kilómetros por hora que se registraron ayer en Balmaseda castigaron a la pequeña villa encartada. Nada parecía estar lo suficientemente sujeto al suelo: contenedores, vallas y tejados de chapa se rindieron a la fuerza del ciclón. Ni siquiera las profundas raíces de un pino de más de 30 metros le salvaron de los azotes del vendaval, que terminó por precipitarlo contra un caserío, obligando a desalojar a una familia.
Para sus cinco inquilinos, la de ayer fue una noche que no olvidarán. El rugido del viento ya les había puesto sobre alerta y el matrimonio se mantenía en vela con su hijo de 16 años mientras los abuelos dormían. «Se escuchaba mucho ruido procedente de los árboles», recordaba el padre, Andrés Negueruela. Él estaba viendo la televisión en su dormitorio del piso superior, pasada la una de la madrugada, cuando el enorme pino se desplomó sobre la vivienda. «El zambombazo duró un segundo, pero tembló toda la casa. Parecía un terremoto», rememoraba su esposa, Inmaculada.
Durante su trayectoria hasta el tejado del caserío, el árbol se llevó por delante los cables de la luz. «No sabíamos que ocurría. Sólo habíamos escuchado un estruendo y de pronto todo estaba a oscuras», explicaba el cabeza de familia. Su primera idea fue llamar a los servicios de emergencia. «Cuando llegamos al caserío vimos que había otros cuatro pinos de la misma altura que el que había caído y que el viento también podía lanzarlos contra la casa», aseguraba el portavoz de Protección Civil en Balmaseda, Enrique Castro. Por eso decidieron desalojar a la familia.
Mientras, en la casa, Andrés trataba de evaluar los daños. «Andábamos con linternas y yo subí al camarote, que tenía el techo combado por el golpe. La copa del pino lo cubría todo por fuera y no se veían más que ramas», explicó. No quería alejarse del lugar para poder ver cuanto antes el destrozo a la luz del sol. Mientras el resto de su familia se iba a dormir a casa de unos amigos, él pasó la noche en su furgoneta acompañado por su pequeña perra 'Beltza'.
Dentro de lo malo, la familia de Andrés reconoce que ha tenido suerte. Antes de alcanzar su vivienda, el pino se estrelló contra un muro de cinco metros que delimita una finca vecina. «Si no hubiera estado esa pared acaba con nosotros», señaló aliviado. «Parte del hormigón ha quedado resquebrajado», explicó Andrés. Mientras, Inmaculada trataba de ponerse en contacto con su seguro. «Deben de estar colapsados porque constantemente me sale una grabación pidiéndome que espere».