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23.01.09 -

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La lucha sin cortapisas legales contra el terrorismo de la anterior Administración estadounidense fue una sucesión de abusos, pero de la historia que relate el paso de George W. Bush por la presidencia colgarán sin duda dos baldones: las prisiones de Guantánamo y Abú Ghraib. Las guerras de Afganistán e Irak crearon esas 'despensas' de presos sin ninguna garantía jurídica.
Pero si sobre Guantánamo -ahora bajo orden de cierre encima- aún pende el hermetismo, Abú Ghraib saltó a primer plano cuando el mundo observó con horror las torturas que se llevaban a cabo en sus siniestras instalaciones. Imágenes de presos atados como perros, golpeados o en posturas que a cualquier musulmán harían desear la muerte supusieron un escándalo al que el entonces secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, respondió que sólo eran «actuaciones de manzanas podridas que no corresponden al espíritu americano».
Con un grado de cinismo que, según analistas, ha sido una constante en su carrera política, el jefe del Pentágono manifestó que «los presos de Abú Ghraib son combatientes enemigos a los que no se aplica tortura, sino técnicas agresivas de interrogatorio». Afirmación que fue ratificada por el propio Bush.
Sin embargo, lo que sucedía en la cárcel bagdadí tomó tales proporciones que el Ejército se vio obligado a abrir una investigación. Defensa expulsó a 17 soldados y oficiales y otros siete fueron condenados en una corte marcial y sentenciados a prisión, rebajados de rango y dados de baja de forma deshonrosa. El Pentágono cerró la prisión que Sadam había utilizado para deshacerse de sus enemigos y se la traspasó al Gobierno iraquí.
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