Ha sido testigo excepcional de la reciente historia del País Vasco. Enrique Sendagorta (Plentzia, 1924) comenzó en los astilleros de la Sociedad Española de Construcción Naval en Sestao, firma que llegó a presidir, y también fue consejero delegado del Banco de Vizcaya y del BBV en un periodo especialmente convulso. Además, formó parte del equipo del ministro Ullastres, encargado de liberalizar la economía española a principios de los sesenta. El creador de la ingeniería Sener también llevó las riendas de Petronor en su primera etapa. «Que pregunten a la economía vasca lo que ha dado en IVA», señala.
En 'Aquí estamos', su libro de memorias, repasa medio siglo de actividad ligada a la segunda industrialización local, su crisis y los nuevos rumbos. Cuando evoca décadas de iniciativas, logros y fracasos, y habla de la relación entre poder y balances, su dictamen es rotundo: «La política no es lo más importante».
-¿Nos encontramos ante una crisis meramente económica o también de la ética en los negocios?
-Concurren muchas causas que se suman. La burbuja inmobiliaria era una realidad inmensa y se han manifestado defectos de vigilancia en el control financiero. Pero también es cierto que el hombre, cuando no tiene una ética profunda, resulta más susceptible de cometer actos contrarios a la norma. Hay momentos en los que quienes deciden se dejan arrastrar por la codicia y la ambición. Además, a veces, el éxito es malísimo. Si hay que exponer resultados, todos los gerentes quieren mejorar los anteriores o los balances de la competencia; y, en algunos casos, se recurre a la alquimia financiera y a manipulaciones contables.
-¿Es optimista sobre las estrategias utilizadas contra la recesión?
-No soy optimista porque esta crisis no se deja reducir a cálculos, es psicológica y ocurren cosas muy escandalosas, como el 'caso Madoff', algo increíble. No sé cómo lo ha hecho, pero resulta burdo, como en Portugal con una timadora a la que llamaban la 'madre de los pobres' y que ofrecía un 10% de interés. Estos fenómenos denotan inteligencia agudísima o la ceguera que genera la codicia en mucha gente.
-En su caso, cuando finalizó Ingeniería comenzó a trabajar en los astilleros de Sestao. Era 1947. ¿Cómo estaba la industria vasca?
-Había habido mejoras antes de la guerra, producto de un deseo de renovación, pero teníamos retraso tecnológico respecto a Europa. Nos enfrentábamos con pobreza, escasez general y falta de materiales, caso del acero o el cable. Pero, la ilusión por prosperar era muy grande y a finales de los cincuenta ya nos iba bastante bien y los sesenta fueron excelentes.
Asumir riesgos
-A su juicio, la clave para ese crecimiento radica en una clase empresarial que asumió riesgos.
-Aunque en España había interferencias notables del Estado, tendencia que venía de la monarquía, teníamos, en nuestra tierra teníamos un empresariado que surgía como 'perrochicos' en las hondonadas. En los cincuenta ya llegan los materiales y acaba el aislamiento. Podíamos acceder a préstamos internacionales porque había bofetadas por vendernos. Por cierto, ¿cómo es posible que no existiera libertad si gozamos de crecimiento durante quince años? Sí, la censura de prensa funcionaba, pero yo vi obras de Sartre, Brecht o Cocteau y nadie me pidió los papeles en la puerta del teatro.
-Pero no era un régimen de libertades.
-No, no había libertades formales. Eso está claro, pero tampoco podemos estar elucubrando sobre que habría pasado si hubiésemos tenido democracia.
-Participó en el gobierno que condujo al país desde la autarquía a una economía abierta como director general de Comercio Exterior. ¿Fue un proceso complejo?
-Hubo mucha resistencia y también aplausos. Terminé en gallinero ajeno de manera accidental y permanecí en la Administración tres años. Cuando venía un fabricante con una lista de máquinas que precisaba y le dabas permiso de compra, corrías el riesgo de que no hubiera exportación. A partir de 1961 todos los permisos se concedían al día siguiente de su petición e, incluso, se armaba follón si había retrasos. Esa política generó un provechoso ambiente de confianza.
-También reivindica el ambiente de consenso de la época.
-Es imposible que la gente piense uniformemente. España estaba hecha de liberales y totalitarios, había carlistas y socialistas. Yo en Sestao no preguntaba a nadie por su ideología. No estábamos a tortas. La unidad radicaba en la ilusión por mejorar, satisfacer los deseos familiares, comprar un coche, salir adelante.
-¿Cómo vivió la crisis de los 70?
-Fue terrible. Trabajaba en el Banco de Vizcaya. Cada día veía pasar manifestaciones de General Eléctrica, Echevarría, Westinghouse o Altos Hornos. Cuando se produjo la huelga del 68 nos reunimos con los representantes obreros y les explicamos qué era una empresa y en qué consistía el mercado para que supieran dónde nos encontrábamos, pero no se escuchaba a nadie. Hubo gran mortandad empresarial, faltaba liderazgo político y sindical. Me acuerdo de las barricadas y las bolas de acero. Siempre nos hace falta un esfuerzo por entender al otro.
-Su imagen de los años posteriores a la guerra es muy diferente de la visión patética o picaresca que ha transmitido la literatura.
-Sí, uno que vive de la amante y otro de una tía que quiere heredar. Son historias que resaltan la miseria y la humanidad de aquel Madrid, pero si busca tipos raros, los encuentra entonces y también en el Bilbao de hoy en día. Literariamente, la novela 'La Colmena' es excelente, pero la España de entonces la conformaba gente seria y formal. Los ricos cenaban en restaurantes de Bilbao la Vieja y los demás paseaban con sus niños, no era vida de golferías.