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18.01.09 -

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H abemus Papam. Tenemos Papa negro. Nostradamus dijo que con él llegaría el fin del mundo. Era un poco aguafiestas. Parecía de este tiempo. Se dedicaba a predecir catástrofes. Como guerras y otras asperezas. Cosas tan fáciles de anticipar, tratando las relaciones humanas. La humanidad, después de Bush, que se creía Dios, se merecía un Papa, como mínimo. No era suficiente un obispo. Aunque, pensándolo bien, nada nos puede ir tan mal. El anterior presidente de EE UU (¿se puede ya hablar así?) dedicó su despedida al hecho de que durante su mandato y después del 11-S no se hubieran producido nuevos atentados terroristas en su casa. Me pareció una 'boutade', pero reflexioné y, por fin, he acabado por considerarlo gran mérito. Que después de hacer tantos y tan encarnizados enemigos haya librado este trastorno.
Obama tiene las cualidades de un pontífice. Habla de un reino de los cielos aquí en la tierra y exalta e invita al amor fraterno. La diferencia estriba en que a los inquilinos del Vaticano sólo se les exigen buenos propósitos, una solemne declaración de intenciones. Mientras que el inquilino de la Casa Blanca no puede quedarse en puros arrumacos: no matarás, no desearás a la mujer de tu prójimo. Debe procurar que nada de eso no suceda. Y por sus obras le conoceréis. El riesgo estriba en que así como a los texanos tampoco es que se les exija refinamiento, a los papas licenciados en Harvard les toca enseñar con el ejemplo, dar trigo. Demostrar que este mundo nuestro tiene solución.
Obama cuenta tras él con las multitudes, que siempre esperan al Obispo de Roma. Como las tuvo Juan XXIII o Wojtyla. Del presidente negro se espera un milagro. Y puede defraudar y posiblemente no le queda otra que hacerlo. Entonces, quienes le votaron podrían volver a considerarlo humano y junto a su fe, perder la ilusión. Es el peligro de quien parece un salvador o un poeta. Dar la medida divina en problemas tan humanos. Le esperan la crisis económica, Gaza, Guantánamo, Irak, Afganistán, Pakistán, Siria e Irán. Es imposible hacerlo peor que Bush, pero tampoco fácil arreglar pronto semejante desaguisado. Como dice mi celebrado Alcántara: «No hay tiempo, ya no hay tiempo». Se le va a exigir la celeridad de los efectos de un milagro. Y aseguraba Goethe, que así como todo nace y fenece siguiendo una ley: «Sobre la vida del hombre, ese precioso tesoro, domina una suerte inestable».
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