Fue un miércoles de octubre de 1996. Esa mañana Lance Armstrong apenas pudo entrenarse. Uno de sus testículos parecía una pelota de golf. Mordía. La tarde fue peor. Lo escuchó en la voz de un médico: tenía cáncer testicular, extendido por medio cuerpo. Lo siguiente que oyó también le estremeció: extirpación, quimioterapia y adiós al ciclismo. Al día siguiente le cortaron el testículo afectado y le dijeron que el otro, el superviviente, quedada como algo meramente decorativo. Si quería tener hijos, tenía que apresurarse, congelar unas muestras de semen y confiar en la concepción artificial. Así, gracias a una probeta helada, pudo tener tres retoños. De aquella conversación con el médico salió otro Armstrong. Indestructible. Dos años y medio después ganó el primero de sus siete Tours consecutivos. Increíble. De paciente a campeón: un milagro que se prolongó hasta 2005. Ahora, tres años y pico después de su retirada. vuelve. ¿A por el octavo? Parece imposible. Ya. Pero él es Armstrong. De profesión: ser único. En junio, su novia, Hanna Hansen, dará a luz al cuarto hijo del ciclista. Y concebido de forma natural, con el testículo que un médico descatalogó. Resucitado. Como su dueño.
Hoy, en un criterium urbano en Adelaida (Australia), se viste de nuevo con un dorsal. Es su debut con el Astana, el equipo de Contador. El martes, en el Tour Down Under, reingresa en la competición de verdad. Y el mundo se pregunta: ¿Por qué? No es el ciclismo un deporte de retornos tardíos. Cuando se producen es por un motivo de peso: el belga Philippe Thys se hizo ciclista con sus piernas de recadista y se llevó el Tour en 1913 y 1914. Luego le pilló la I Guerra Mundial y le tocó un uniforme de sargento en las fuerzas aéreas. Cuando Europa salió de la trinchera, desempolvó su bicicleta y ganó la Grande Boucle de 1920. Sólo una guerra pudo pararle.
Al genial Guillermo Timoner, seis veces campeón mundial de pista, le rescató de la jubilación el fisco. Tenía ya 58 años cuando un inspector se presentó en su tienda de Felanitx (Mallorca) y le amenazó con cerrarla. «Me dijo que era un establecimiento para artículos deportivos y que no podía vender bicicletas, que son vehículos de locomoción. Ya ves, me dijo a mí que las bicis no son para el deporte», recuerda. El caso es que aquello fue la ruina. Primero empeñó hasta las medallas de oro. Luego retornó a los velódromos. Y a esa edad, los 58, se proclamó campeón de España.
1.274 días sin competir
A Armstrong le ha recuperado el cáncer. «Yo corro gratis. Otros lo hacen por dinero o triunfos. Yo ya tengo todo eso. Vuelvo por mi pasión hacia la bicicleta y por la causa que defiendo». Es decir, la lucha contra la enfermedad que casi le pudo. Su fundación ya ha recaudado más de 300 millones de dólares. «Soy el mayor donante. Ya he aportado casi siete millones», asegura. El cáncer es su motor. «No se trata de un desafío deportivo ni de una cuestión económica». Así responde. Y hay pruebas: todo lo que ha cobrado por competir en el Tour Down Under -cerca de un millón de euros- irá destinado a su fundación. El jueves organizó, en colaboración con el Ayuntamiento de Adelaida, una cena de caridad. A 1.300 euros el cubierto. Hubo lleno total.
Eso, dice, es lo importante. Aunque en medio de esa cruzada le espera su carrera, el Tour. El mejor altavoz para su lucha. La prueba para vocear al mundo su supervivencia. El milagro que avive la esperanza de millones de enfermos. Lo recordará cada día con las cifras que figuran en el cuadro de su bicicleta. 27,5 millones: es decir, el número de fallecidos por cáncer desde 2005, desde que se retiró del ciclismo. Y 1.274, los días que han pasado desde aquel día del adiós, el 24 de julio de 2005, la fecha de su séptimo triunfo en el Tour. Aun así, la opinión pública especula con otro número. El ocho. El octavo Tour. Armstrong, de momento, lo esquiva. «El equipo trabajará para el más fuerte», repite. Sea Contador, Leipheimer, Kloden..., o sea él. En el primer entrenamiento con Contador le dejó atrás. Golpe táctico, moral. «No está mal para un viejo», bromea. Tiene 37 años, edad de jubilado para un ciclista. No para él. Hace unos días confesó que algunas noches el 'ocho', el octavo, ocupa sus sueños. Y le gusta cumplirlos.
Armstrong es el campeón mediático. Ya no habrá atención para otro ciclista hasta el inicio del Tour, el 4 de julio en Mónaco. Vuelva por el cáncer, por impulsar su carrera política o por vengarse del público francés y repetir victoria en París, todo orbitará sobre el eje del ciclista americano. Todas las preguntas serán para él. ¿Es demasiado mayor? Firmin Lambot se impuso en el Tour con 36 años. Pero fue en 1922. Bartali lo hizo en 1948 con 34 años, como Zoetemelk en 1980. Sastre había cumplido 33 cuando llegó de amarillo a París la pasada temporada. Esa edad tenía Armstrong cuando hizo suyo el séptimo, el de 2005. «Ya entonces decían que era viejo». «La edad -reta- es un cuento». Si puede, irá a por el Tour.
Aún es un superatleta
Ningún ciclista maneja como él el márketing y las vías de comunicación. Escenografía. «Llevo tres años tumbado en el sofá y bebiendo cerveza. No sé cómo voy a responder», dijo ayer en Adelaida. Pero en internet cuelga vídeos para asustar a sus rivales. En la página 'livestrong.com' se le ve haciendo pesas. Zumo de fibra. Abdomen cuadriculado, con cada músculo marcado a buril. Su preparador personal, Chris Carmichel, asegura que nunca le había visto tan fuerte en un mes de enero. Las pruebas físicas a las que se ha sometido confirman que aún es un superatleta. Basta verle.
A eso irán hoy cien mil personas en Adelaida: a palparle en un criterium de 50 kilómetros. Serán testigos de los primeros pasos de Armstrong hacia ese increíble desafío: el octavo Tour. En Francia le esperan: Pierre Bordry, presidente de la Agencia antidopaje, dice que en 2005 los controles no eran tan estrictos, que ahora será distinto. Armstrong, que en cuatro meses ha pasado ya doce tests antidopaje, escucha y pedalea. También le diagnosticaron que el testículo que le quedaba estaba hueco. El junio tendrá su cuarto hijo. En julio, quizá el 'octavo'.