El autor reflexiona sobre el archivo de la causa contra Ibarretxe y López. «Al final, el proceso ha sido una muestra más de que la división de poderes es muy relativa». «Tengo la impresión de que al Gobierno vasco le gustaría tener un consejero presidiendo el Tribunal Superior de Justicia, y de que a los miembros de este tribunal les encantaría dar un repaso previo a los proyectos de ley que salgan de Ajuria Enea»
D e pequeños nos enseñaron que en algún rincón del Evangelio de San Mateo se decía aquello de que cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha. O algo así, porque a mí, en esa época, me nublaron la mente por completo cuando junto con esa máxima confusa me decían al mismo tiempo que había quien era capaz de escribir derecho con líneas torcidas. Lo de las manos me llamaba la atención, porque estaba convencido que ni las manos ni otros órganos del cuerpo podían pensar demasiado. El evangelista me metía en un lío mayor cuando se empeñaba también en indicarme que si la mano me causaba escándalo me la tenía que amputar. Y eso ya me provocaba una zozobra tremenda, porque miraba a mi mano y ciertas veces me escandalizaba, pero no me hacía ninguna gracia coger el cuchillo de la cocina. Así que mi niñez transcurrió entre nubes y zozobras. Lo cual, teniendo en cuenta la zona geográfica en la que vivimos (me abstengo de denominarla porque eso trae problemas), tampoco es de extrañar.
Luego fui cogiendo un poco de sentido a aquellas palabras. Porque observé que si bien era harto difícil pensar con las manos, había sin embargo mucha gente que pensaba con los pies. Y también he observado que hay artistas cuyas manos trabajan de tal forma que es de todo punto imposible que no puedan pensar, aunque sea un poco. Mateo andaría en lo cierto, por tanto.
Vino después Montesquieu y nos propuso una versión moderna de las manos ciegas. Propuso que en las sociedades existiesen poderes independientes: quienes son elegidos en unas elecciones más o menos encorsetadas (tampoco nos vamos a pasar en esto) hacen las leyes en el Parlamento; otros las aplican en los distintos gobiernos y unos terceros, finalmente, con sus togas y sus puñetas, las interpretan cuando se genera un conflicto. Es tal nuestra habilidad con las palabras que, en ocasiones, hasta quien promulgó la ley es incapaz de entender qué es lo que en realidad quiso hacer. Bueno, aquí tenemos tres manos en lugar de dos, pero el espíritu de Mateo y el espíritu de las leyes de Montesquieu siguen más o menos la misma senda: no sé si la que hay que volver a pisar u otra distinta.
El caso es que aquí estamos. En nuestras sociedades hace ya tiempo que se borró la línea de separación entre el poder legislativo y el ejecutivo, porque éste es un reflejo de aquél, o viceversa. El poder judicial se mantiene más o menos incólume, aunque con peligrosas incursiones en la política. Lo que ha sucedido y está sucediendo en estas tierras es más que elocuente. Tengo la impresión de que al Gobierno vasco le gustaría tener un consejero presidiendo el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco, y de que a los miembros de este tribunal les encantaría dar un repaso previo a los proyectos de ley que salgan de Ajuria Enea. Después de la chapuza del juicio instruido contra el lehendakari y otros varios dirigentes por haber hecho política, el propio Ibarretxe y algunos miembros del Gobierno vasco exigen que Ruiz Piñeiro no se vuelva a presentar como candidato a la presidencia del TSJPV. Es decir, añaden un poco más de leña al fuego en esta confusión de poderes y mezcla de manos.
Es cierto que el juicio se ha cerrado en falso, de momento. Es cierto también que allí no se juzgaba la posibilidad de arreglar nuestros problemas con el diálogo, sino que se pretendía imponer límites a la actuación política de unos dirigentes elegidos para hacer política. Es cierto que el archivo supone trastocar los planes del lehendakari de cara a las elecciones, aunque es mucho más cierto que el archivo momentáneo de la acusación supone, sobre todo y por encima de cualquier otra consideración, un varapalo para la derecha que orquestó el juicio y para los instructores del sumario, que quedan completamente desautorizados. Este dato es el relevante. Lo otro, lo del lehendakari, es un efecto 'colateral', nada más. Aunque es entendible que desde una óptica ideológica se quiera magnificar.
A muchos nos pareció claro desde el principio que el poder judicial iniciaba una vía sin pies ni cabeza instruyendo algo que tenía mucha más carga política que judicial. Cuando los propios especialistas indican que el tema tiene difícil encaje jurídico están afirmando que al tribunal le ha caído un marrón de difícil solución. Aquello tenía mal aspecto, y en el fondo latía la convicción de que jueces de otra ideología nunca habrían pisado esa senda y habrían cerrado la carpeta sin dedicarle más de cinco minutos. Finalmente, el tribunal al que ha tocado en suerte -desde luego, hay dichos que sí tienen difícil encaje a veces- sentar a los encausados lo ha archivado sin entrar al fondo del asunto. Eso dice mucho a su favor: no sé si en el archivo tiene peso la carga ideológica que todos, incluidos los más conspicuos magistrados, llevamos dentro de nosotros, o son los argumentos legales impolutos los que les han llevado a esa conclusión. Quiero creer lo segundo, aunque me da casi lo mismo a estas alturas, teniendo en cuenta el berenjenal en el que nos habían metido sus compañeros. Lo que dice a su favor es que hayan sido capaces de hacerlo poniendo en evidencia pública a compañeros con los que acaban desayunando todos los días. Porque casi todos somos bastante humanos. Al final, el proceso ha sido una muestra más de que la división de poderes es muy relativa. Incluso cuando el tema se vuelva a ver de nuevo en otra instancia, se deberán tener en cuenta sentencias previas mucho más políticas que basadas en una aplicación rigurosa de la ley: absuelvo a Botín y castigo a Atutxa... utilizando la misma argumentación. Es la traducción jurídica del 'ni sí ni no, sino todo lo contrario'.
Pues bien: sólo ha habido que pasar página para que ahora se quiera impedir a Ruiz Piñeiro volver a optar a la presidencia del TSJPV. Es una torpeza, por dos motivos. Porque, formalmente, el Gobierno vasco está utilizando la misma vía tan criticada de intromisión de poderes, pero ahora al revés, y porque eso va a generar un movimiento en la judicatura contrario al deseado. Es difícil que un juez no se sienta con ganas de arropar a quien se ve atacado desde el Ejecutivo de esa manera tan gratuita. El Gobierno vasco puede utilizar los recursos que quiera para conseguir sus objetivos, pero siempre que sea a través de los cauces previstos. Presionando con discreción en el Consejo General del Poder Judicial, por ejemplo. Es muy legítimo hacer eso, máxime ante un órgano judicial de origen exclusivamente político. Argumentando allí lo que crea oportuno: por ejemplo, que Ruiz Piñeiro no ha tenido en toda la historia la discreción e imparcialidad que hubiera sido deseable en alguien que tiene esa responsabilidad. Pero trasladar este lío a la opinión pública es un dardo peligroso que al final se vuelve en contra de todos. Entre otras cosas, porque esas actitudes nos aburren soberanamente. También, porque todavía creemos, algunos al menos, que es sano caminar en la senda de marcar diferencias entre los poderes, y no en la de borrar líneas.
Las máximas de Mateo y de Montesquieu deberían guiar nuestra vida en democracia. Y son precisamente los políticos y los jueces quienes deben predicar con el ejemplo, dando trigo, dedicándose cada uno a lo suyo y huyendo como alma que lleva el diablo de zonas pantanosas, porque hay mucha tierra firme en la que trabajar. ¿O estarán haciendo eso porque quieren escribir recto con líneas torcidas? No quisiera verme en la tesitura de tener que cortarme la mano a estas alturas.