Tomar tres comidas al día se ha convertido, para muchos, en un lujo, casi un capricho que si no fuera por las iniciativas sociales no se podrían permitir. El comedor de Desamparados de la capital alavesa es uno de los encargados de evitar que centenares de personas tengan que elegir a diario entre comer o cenar. «No sabemos cuántos platos damos al día. En cuanto un asiento se queda vacío, otra persona lo ocupa», explican las trabajadoras del centro.
Ocho personas -entre cocineras, encargadas de servir y de recibir a los comensales- se distribuyen las tareas aunque, desde hace un tiempo, sienten que no dan abasto: «Estamos a tope», aseguran, y la situación no parece que vaya a cambiar. «Llevamos así desde antes de Navidad. En invierno, como hace frío, siempre aumenta el número de usuarios, pero este año lo que se nota es la crisis», dicen mientras realizan un alto entre los fogones.
Caras conocidas
A las instalaciones de Desamparados ya no sólo llegan indigentes, gente sin hogar o alojados en albergues. Cada vez son más los usuarios a los que la mala situación económica les ha pillado de lleno y les ha obligado a recurrir a los servicios sociales. Las empleadas de este comedor conocen con nombre y apellidos a gran parte de los usuarios habituales -la mayoría son hombres-, aunque «ahora hay mucha cara nueva y también muchas personas que estuvieron comiendo aquí una temporada, luego lo dejaron y ahora han vuelto». Algunos, sin embargo, se resisten aún a comer en esta sala. «Sólo venía a ver a Paquito. Aquí hay demasiada gente que no conozco y no me apetece venir», le comenta un hombre a la mujer que controla el acceso de los comensales.
Otros se muestran encantados de tener un techo donde alimentarse y recibir un trato cercano. Las cocineras preparan a diario un menú de mediodía con cuatro primeros, cuatro segundos y postres variados por 4,20 euros. La cena sale por 3,10. Éstos son los precios para los usuarios que no cuentan con ningún bono, pues el coste se reduce para aquéllos que acuden «con los vales que da el Ayuntamiento o las parroquias», advierten en la entrada al recinto. Un detalle que no se les escapa a los que guardan turno en la cola y esperan, resignados, poder olvidarse de sus problemas mientras toman un plato caliente.