Otra vez tarde. La historia se repitió ayer en Mendizorroza. Como ante el Tenerife. Más de lo mismo. Con o sin Salmerón. El efecto Mandiola aún no se ha reflejado en un equipo endeble, mentalmente frágil. El Deportivo Alavés volvió a condenarse de inicio, con el enésimo gol en contra en el primer cuarto de hora, y sólo reaccionó al final, cuando el rival ya había marcado el segundo, cuando ya no había tiempo después de una lección de impotencia. Otra más, en realidad.
Porque los espectadores asistentes a Mendizorroza ya habían visto esta película antes. En el anterior partido en casa, sin ir más lejos. El adversario se adelanta nada más empezar, cede el balón al conjunto albiazul, éste domina sin pegar y es sentenciado a la contra. Cuando todo parece perdido, ayer en superioridad numérica, se encomienda a la épica para apuntarse un gol que adorna el marcador pero que en ningún caso debe maquillar errores que se repiten, viejos vicios que no desaparecen.
Ante el Celta la cosa tuvo más miga, si cabe, porque el tempranero gol celeste llegó tras una falta a favor de los albiazules. Atrapó Notario, lanzó el contragolpe y Óscar Díez vio el hueco que David se había abierto a la espalda de los centrales. Nueve minutos, 0-1 y a remar otra vez contracorriente. El caso es que, de salida, el Alavés ofreció algunos detalles, con un Emilio Sánchez activo y buscando las bandas. Pero el mazazo gallego fue demasiado lastre. A este equipo le cuesta mucho reponerse de cada golpe.
Así lo evidenció el espesor ofensivo que mostró durante muchos minutos después. Sólo el organizador manchego y el canterano Óscar de Marcos, la sorpresa agradable de la tarde, pusieron gotas de calidad en un ataque sin dinamismo y cómodo de defender. Porque el Celta se dejó hacer sin pasar excesivos agobios.
Bien porque es muy sencillo desbaratar los pelotazos largos de los centrales, recurso alavesista en más ocasiones de las necesarias. Bien porque el juego se cargó en exceso en la banda derecha -Kalderon, Cuevas y el apoyo de Astudillo ofrecen mucha más voluntad que calidad-, cuando el fútbol emanaba de la otra. O porque Javi Guerra volvió a estar lejos de la zona de impacto. Pero da la sensación de que el rival crea peligro con muy poco y al Alavés le cuesta un mundo pisar área con aire amenazante.
Penalti y expulsión
No lo hizo en la primera parte contra once ni en la segunda contra diez, después de un momento clave en el partido, ya con 0-2 en el electrónico de Mendizorroza tras un nuevo contragolpe en el que David se volvió a adelantar a los centrales para rematar en el área pequeña.
Corría el minuto 66 cuando un derribo del defensa Rubén a De Marcos en el área fue castigado con penalti. Mientras las protestas celestes arrinconaban al árbitro, el ariete visitante David, autor de los dos goles, se las tenía tiesas con Mateo en el centro del campo. Tanto que el navarro, que tiró de oficio, recibió un manotazo en la cara. A instancias del auxiliar, el colegiado mandó a la caseta al delantero.
Con uno más y una pena máxima a favor, el encuentro podía cambiar. Y mucho. Pero Jacobo, inesperado lanzador, erró el lanzamiento. Paró Notario, para ser más exactos. Desesperación e impotencia crecientes. Ni con un entrenador, ni con otro. Ni contra once, ni contra diez. Ni en juego, ni de penalti. Así se antoja complicado rascar puntos.
Lo es. Ni la épica del final permite sumar. Porque ésta tampoco es tal, sino que es la propia inercia del partido, sobre todo si el rival está en inferioridad, la que acerca el juego al área contraria. De este modo embotelló el Alavés al Celta en el último tramo del choque, pero sin muchos argumentos ofensivos que hicieran pensar que el resultado podía variar.
Y eso que Mandiola lo intentó. Quitó a Astudillo, otra vez con una pobre aportación, y Mateo para dar entrada a Igor y hacer debutar a Pablo de Lucas. Pero ni por ésas. El ataque albiazul siguió encomendado a las botas de Emilio, una batuta sin orquesta, y al desparpajo de Óscar de Marcos, que fue creciendo en confianza hasta convertirse en referencia ofensiva y marcar de espléndido cabezazo el tanto que acortaba distancias. A pase del manchego, de quién si no.
A un punto del descenso
El tanto permitió soñar con un empate que posiblemente no era justo. Porque el Celta marcó dos goles en tres llegadas y no hizo mucho más, pero demostró tener las ideas mucho más claras. Al final no llegó y el conjunto babazorro se quedó con la cuarta derrota consecutiva, una racha nefasta que le deja al borde del abismo. A un punto del descenso, marcado por el Murcia, pero los pimentoneros tienen un partido menos. Ante el equipo gallego, precisamente. A sufrir toca.